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Javier Durán

Javier Durán

Periodista

De compras

Las multitudes jadeantes que revuelven las estanterías o que exigen la atención de unos dependientes todavía no habituados a una imprevista masificación retuercen el cuello de mamut de la crisis. La zonas comerciales se enfrentan a una marea humana de compradores que sortean el coronavirus y que se vengan de la pandemia con un consumismo desaforado.

Las incógnitas sobre el día después de la Covid han sido cercenadas de raíz por la atracción hipnótica que provoca la posesión. Las colas de coches en los parquin y en las puertas de los grandes almacenes conectan en remoto con los cargamentos de las vacunas en las áreas de carga y descarga de los aeropuertos. El reparto de la dosis por provincias, hospitales y residencias de mayores vienen a ser un estimulador, una adrenalina que moviliza la corteza psicológica del ser humano y le devuelve la confianza acabada. Los movimientos de las tarjetas de crédito en las ranuras de los insaciables datáfonos opacan la cifra de contagios, en una especie de festín sexual donde cada compra acalla la respiración entrecortada, a trompicones, que se escucha detrás de la mascarilla. ¿La obertura de la euforia?

La cajera no puede hacer devoluciones de prendas, su sistema colapsa y ella no sabe interpretar las órdenes que le da una voz metálica a través del móvil para llevar a buen puerto la resolución del incidente informático. Los clientes no sienten compasión ante su desgracia, sino todo lo contrario. Se eleva el murmullo y la debilidad de un mundo asediado por la enfermedad se convierte de pronto en una indignación despótica: uno a uno, sin mirarle a los ojos, deja la prenda a su lado hasta formar una montaña por la que asoman malamente sus ojos compasivos. Pero nadie siente lástima: están seguros de que un día de estos habrá un resplandor y la pesadilla acabará por irse, que no es otra cosa que la creencia de que nada hará sucumbir el orden que pisamos. Testigo de un brutal desquite, de la más alta y preclara condición para aplicar una rasuración extrema frente a la tristeza, el confinamiento o la misma muerte, abandono el clímax consumista lleno de paquetes, reconociendo la incapacidad de salir inmaculado del bucle donde bulle la contaminación vírica con etiquetas y precios. Los especialistas apuntan a la cocción de una tercera ola, precisamente el nombre con que Alvin Toffler tituló su libro para referirse a la desfiguración de la sociedad industrial. Pero ahora es otra cosa, o no.

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