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Jorge Dezcallar

Un brindis (prudente) por 2021

Un brindis (prudente) por 2021

Un brindis (prudente) por 2021

Empieza un año nuevo y brindamos con champán, con cava, o con lo que se tercie para que las cosas vayan mejor en 2021, que tampoco parece que sea algo muy difícil de lograr visto lo visto en el año terminado que pasará a la historia como un año de muerte y de soledad, un año negro de esos que dejan un recuerdo amargo como 1914, 1936, 1939 o 2001. Nunca desde las guerras del siglo pasado había muerto en un solo año tanta gente, especialmente los más vulnerables, y por eso estamos ansiosos por abandonarlo con la ingenua esperanza de que esa línea arbitraria que marca la medianoche del 31 de diciembre cambiará radicalmente las cosas, cuando por desgracia todavía nos queda por delante mucho sufrimiento aunque ya atisbemos luz al final del túnel.

Si los años fueran al psiquiatra, 2021 se sentaría en el sofá para explicar que “me temo que la gente espera demasiado de mí”, porque es verdad, y por encima de todo esperamos dejar atrás la pesadilla. El remedio existe y el gran reto logístico es distribuir las dosis lo más rápida y equitativamente posible entre personas y países. Porque para que el 70% de españoles estemos vacunados el próximo 31 de diciembre (y lograr lo que se llama inmunidad de rebaño) habría que vacunar a 100.000 personas al día... y por ahora no lo veo.

Deseamos que la actividad económica se reactive, se relance el empleo y se recuperen el turismo (del 12% de nuestro PIB ha caído al 4%) y los viajes, que abran las tiendas, bares, restaurantes y hoteles que dan mucho empleo y que están literalmente asfixiados. A diferencia de la crisis financiera de 2008, cuya recuperación fue muy lenta, se espera que ahora sea mucho más rápida como ya demuestra el caso de China.

Y también deseamos salir a cenar con los amigos, ir a cines, teatros, conciertos y exposiciones, que los abuelos puedan volver a besar a sus nietos y los hijos visitar a sus padres... tenemos necesidad física y emocional de abrazarnos, de reír y de estar juntos, sabiendo que no todo va a volver a ser como antes y que seguramente es bueno que así sea porque nuestra fragilidad ha quedado al descubierto durante esta pandemia y por eso la “vuelta a la normalidad” –entendida como la vida frenética que llevábamos antes– tampoco tiene sentido. El mundo ha dicho ¡basta! Muchos se quejan por tener que llevar máscara cuando lo que tienen es una venda en los ojos. Hay cambios que haremos bien en conservar como la recuperación de la casa como hogar y dedicar más tiempo a la familia; el teletrabajo que ha llegado para quedarse con sus corolarios de menos viajes y comidas “de trabajo”, además de un aprovechamiento del tiempo más acorde con nuestra conveniencia. Los cambios de horarios o la misma higiene frecuente de manos. Este año de pandemia ha mejorado la calidad del aire que respiramos y también la transparencia de las aguas que bañan nuestras playas, y sería inteligente procurar preservar esos beneficios.

Si 2020 nos ha permitido seguir viviendo en medio de tanta mortandad es para que estemos agradecidos a la vida y desarrollemos una solidaridad como especie que habíamos arrinconado. El virus ha borrado diferencias entre razas, nacionalidades, religiones o niveles de renta para recordarnos la radical igualdad de los seres humanos ante la enfermedad y la muerte, y la conciencia de que en esta lucha estamos todos juntos. También es novedoso en la historia el gigantesco esfuerzo de colaboración científica por encima de fronteras que ha permitido lograr en 12 meses vacunas que normalmente hubieran tardado varios años en desarrollarse.

La pandemia es una dolorosa experiencia de la que debemos sacar enseñanzas porque si algo deja claro es que –con toda seguridad– algún día llegará otro virus, igual de contagioso pero quizás más letal, que la globalización difundirá por los cuatro puntos cardinales con la misma rapidez. Por eso espero que los responsables de todos los países y organizaciones internacionales tomen las medidas oportunas que nos permitan estar mejor preparados cuando volvamos a enfrentar una situación parecida... aunque me temo que aquí el escepticismo es inevitable.

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