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Alfonso González Jerez

Una distracción

En la tarde de ayer el Ministerio de Sanidad –ese departamento dirigido por un señor cargado de tristeza que es al mismo tiempo candidato electoral en Cataluña– informó de una lamentable confusión: se habían intercambiado los datos sobre vacunaciones de Castilla León con los de Canarias. No habíamos utilizado el 52% de las vacunas entregadas, sino un modesto 21,5%, es decir, menos de la mitad. Por supuesto, cabe consolarse con que no estamos, en absoluto, en la situación de las peores comunidades. Lo de Madrid es espeluznante, lo de Cataluña, vergonzoso, lo de Cantabria, puro humor negro. Pero lo de Canarias no deja de ser decepcionante. Decepcionante y terrible, porque los datos –que aún no recogen con plenitud lo ocurrido en fin de año– anuncian una tercera ola de infecciones en Canarias y con la cepa inglesa bailando, invisible y puñetera, entre las islas.

Hablas con médicos, con virólogos, con algunos compañeros que están realizando un admirable esfuerzo informativo en varios medios de comunicación, y terminas por entender muy poco. ¿Cómo el presidente Ángel Víctor Torres tomó por una magnífica noticia el error estadístico ministerial? ¿El equipo del presidente no contrasta la información que difunde el Ministerio de Sanidad con los datos del Servicio Canario de Salud, que supuestamente tiene a mano? Pero, con todo, lo que produce más estupefacción es la pachorra burocrática de una campaña de vacunación que parece ignorar su propia y clamorosa urgencia. En Canarias, en España y en numerosos países europeos. Esta no es una vacunación sujeta al calendario tradicional de inmunizaciones. Es (debe ser) una campaña de vacunación entendida como un acto de defensa colectivo para evitar el colapso del sistema sanitario y la petrificación de un estado de ruina económica e involución social. O se gana la batalla de la vacunación, lo que exige voluntad y rigor, o no habrá regreso a ninguna puñetera normalidad, y a medio plazo habrá que tomar decisiones más radicales.

Si realmente se está trabajando “todos los días, mañana y tarde, domingo y festivos”, debe ser que los “equipos” son pocos y escasamente operativos. Todos los ciudadanos de más de 70 años ya deberían saber la fecha en la que deberían presentarse en su ambulatorio para estar vacunados. No ocurre así, por supuesto, y cuando se insiste ante la administración pública, de nuevo se escucha un largo y tedioso y cada vez más irritante charloteo sobre la necesidad de disponer de todas las vacunas necesarias antes de programar un trimestre. Es una sandez: planifique usted teniendo en cuenta estas circunstancias –el hipotético ritmo de llegadas de las vacunas– y si debe corregir, se corrige. Lo fundamental es que el mayor número de hombres y mujeres posibles reciban la primera dosis. Y si no son suficientes los efectivos del Servicio Canario de Salud, movilicen ustedes todos los recursos disponibles: el personal médico militar de las Fuerzas Armadas, los médicos, enfermeros y auxiliares de clínicas jubilados y que deseen colaborar, los estudiantes de los últimos cursos de la Facultad de Medicina y de la Escuela de Enfermería. Por supuesto, el personal sanitario se está dedicando a lo suyo pero, ¿a qué se dedican Blas Trujillo, sus directores generales y sus asesores? Es enervante que se hable durante semanas del milagro científico de las vacunas, que las vacunas lleguen al fin y que no se hayan proyectado y habilitado todos los recursos profesionales y logísticos para ganar la carrera contra el virus. Y la responsabilidad es estrictamente política y no la rehuirás parapetado en el despacho.

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