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Alfonso González Jerez

Insurrección presidencial

Los que se acercaron finalmente al Capitolio para asaltarlo e impedir la proclamación por el Congreso de Joe Biden como presidente de Estados Unidos no eran muchas más de 2.000 personas.

Por supuesto que los que se manifestaban por los alrededores sumaban otros cuantos miles. Pues bien, asombrosamente, y gracias a la refinada técnica de empujar vallas, un puñado de tarados ululantes pudieron vencer las barreras policiales en varios puntos y lograron entrar en el parlamento. Una turbamulta rufianesca armada con revólveres, escopetas y armas blancas meándose por los rincones y colgándose de las paredes. Es más: era público y notorio la presencia en Washington, desde el día anterior, de muchos cientos de patanes y de líderes supremacistas del centro y el sur del país, y se hablaba abiertamente de una marcha hacia el Parlamento. Y sin embargo, no se reforzó visiblemente la seguridad. Observen en las fotos y los vídeos la tranquilidad de los asaltantes por los pasillos. Un par de policías se toman incluso selfies con los garrulos más felices. ¿Es creíble esta situación en la sede del poder legislativo de Estados Unidos para cualquier experto en seguridad? No. Los asaltantes contaron con alguna complicidad espontánea o planificada. Hasta avanzada las diez de la noche –hora canaria– no terminaron de desalojar el edificio. Oye, con paciencia frailuna y un buen rollo admirable, gracias, seguramente, a que ninguno de los asaltantes era negro y todos, en cambio, muy patriotas.

Donald Trump no es la causa de una degradación democrática ya inocultable en Estados Unidos, sino una consecuencia agravante de la misma. Su origen es doble: la pervivencia del pecado original de la República, el racismo, que atraviesa transversalmente todos los grandes debates y quiebras del país; y la financiarización de la democracia, reducida en el espacio público a una estrategia de legitimación de un capitalismo que se niega a ser embridado por gobierno alguno y que alienta una desigualdad creciente. Los delirantes costes militares de mantener un imperio, la estafa electoral que significa la práctica del gerrymandering o el poder informativo de las grandes tecnológicas han llevado a una debilidad anémica e instrumental al sistema democrático en los Estados Unidos, que en otros aspectos comunitarios, y sobre todo en el ámbito local, sigue manteniendo una exigencia de libertad admirable y una desconfianza frente al poder magnífica. En otro momento de auge financiero, monopolios feroces y descrédito de las instituciones, a finales del siglo XIX, surgió el Partido del Pueblo, el mayor problema al que han debido enfrentarse demócratas y republicanos. Un partido de trabajadores fabriles y pequeños empleados agrícolas. Defendía los derechos de la mayoría en los estados del sur y el oeste. El trumpismo, también un populismo, no es un partido, sino un instrumento de defensa de las élites económicas, y su objetivo no es reforzar la democracia, sino terminar de reducirla totalmente a una retórica que se puede reducir a un caudillismo criminal: “La democracia ocurre cuando gano, el debate consiste en darme la razón, los que buscan el acuerdo son fracasados y solo merecen mi desprecio militante”.

Todavía en la noche de ayer escuchaba que Trump era un payaso y que esto era su canto de guirre. ¿De veras? Ha conseguido suspender la aclamación de Biden como presidente, sigue en su despacho en la Casa Blanca y tiene a decenas de miles de simpatizantes armados hasta los dientes en todo el país. Y un preciso maletín nuclear sobre la panza de cetáceo infernal. Por eso debe ser detenido. Cuanto antes.

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