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Javier Durán

Javier Durán

Periodista

Lluvia y pandemia

El azote del mal tiempo sobre Canarias -siempre menor que los filomenazos con los que Filomena se aplica con denuedo en la Península- aterriza igual que en los años de largas sequías, que aprovisionaban de jóvenes hambrientos de pan y futuro los veleros clandestinos de la emigración.

En el imaginario permanece la interpretación de que la lluvia riega grandes fincas cuyos propietarios se ahorran sus buenos dineros en agua, pero la realidad es que no queda casi nada de ese pasado, a no ser minifundios o cercados para el entretenimiento del fin de semana. Una sensibilidad que perdura en la expectación con la que se sigue el caudal que corre por los principales barrancos de la Isla, igual que si la corriente descendente fuese absolutamente imprescindible para la supervivencia de los humanos y sus animales, como así era décadas y décadas atrás donde no existían ni depuradoras ni potabilizadoras para tratar la escasa agua. Hay una impregnación que se resiste a desaparecer, pese a que los símbolos de esa época conforman una montaña de ruinas en formato de acequias, estanques, balsas, minas de agua, pozos, aljibes o presas que se han extinguido sin piedad por el desarrollo de los municipios o por el mismo desuso. Los instrumentos que servían para un aprovechamiento a la desesperada de un elemento clave para la vida de los agricultores son, a día de hoy, meras representaciones de la evolución socioeconómica e indicadores que marcan el traspaso de los canarios desde el sacrificio del analfabeto rural a la sobreabundancia del urbanita sumido en las contradicciones de cualquier sociedad con los añadidos endógenos del atraso insular.

La irrupción de la borrasca bajo el signo de la peor pandemia de la historia, que ha provocado un cero turístico desconocido hasta ahora, remueve los momentos culminantes en que los canarios escrutaban los signos del cielo para saber si podían o no comer, mientras los caciques metidos a políticos presionaban a la metrópoli para sacudir la conciencia gubernamental sobre el estado calamitoso de las Isla. El caso es que la pandemia no se va a acabar por Filomena, ni tampoco depende del agua para que los hoteles vuelvan a abrir sus puertas y crezca el movimiento de turistas. De la misma manera, la dependencia agrícola de Canarias no es la misma, como es obvio, que la del siglo XX. Una desvinculación con el medio natural que aumenta la sensación de orfandad del canario, cuya incertidumbre sobre su modo de vida futuro está tan envuelto en brumas como la ansiedad por divisar el barco que nunca llegaba al puerto con la mercancía y que traía en su bodega un motor necesario para poner en marcha una industria local.

Las lluvias que empapan la tierra árida y reseca, seguro que hastiada de abonos químicos, forma parte ahora del orden estético, cuando antes lo era del alimenticio, de la despensa de unos habitantes provistos de una dieta muy básica, casi de una larga posguerra. Ningún canario aceptaría por descabellada la idea de un retorno al modelo del autoabastecimiento, mantenido a través de pequeñas explotaciones agrícolas familiares, suficientes para aprovisionar la despensa pero en ningún caso para sostener la burocracia autonómica ni sus logros para el bienestar de los ciudadanos. Nadie lo considera viable ni da crédito a la posibilidad de que un buen salvaje pueda salir adelante gracias a su vergel particular. Sería una utopía.

Una foto eterna es la de los que miran el barranco Guiniguada cargado de agua, arrastrando bestias y ramas, con hombres y mujeres mirando fijamente la turbiedad para descifrar qué les depara el mañana. Un instantánea que no ha caducado, que hoy está en vigor con Filomena.

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