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De la Plaza España a Santa Catalina

Humberto Gonar

Periodista

El caballero que enseñó a vestir al Carnaval

Cuando las murgas eran murgas, cada febrero esperábamos en el salón de casa, en Santa Cruz de Tenerife, el desarrollo de la gala de elección de la reina del Carnaval de Las Palmas, colocados ante el televisor, para ver las perlas que nos dedicaba la Afilarmónica Guanches Picapiedras –todavía se recuerda el avión que colocaron en su gorro por el accidente aéreo de Los Rodeos en 1978 (dos años después de que los chicharreros fueran a reflotar el Carnaval de Las Palmas)–. Además de alimentar el morbo murguero, el momento más esperado era el desfile de la reina de Fernando Méndez; daba lo mismo el nombre del resto de diseñadores. Después de tantos años ganando, ya nos habíamos familiarizado con las tortas, galletas o tartas que caracterizaban sus fantasías, casi tanto como con el momento de la coronación en el que aparecía el alcalde Juan Rodríguez Doreste –el Manuel Hermoso de Las Palmas de Gran Canaria– a entregar el cetro a la ganadora y muchas veces allí estaba Fernando.

Fue un príncipe que llegó a rey. Príncipe del Carnaval de los disfraces, de la originalidad, de la fantasía y un rey entre las reinas. Trece cetros lo avalan solo en Las Palmas de Gran Canaria y sin hacer mención a las damas y candidatas no coronadas, tanto en la capital grancanaria como en otras latitudes del Carnaval. El creador de reinas que atesora en Canarias ese récord en un mismo concurso. Porque Fernando era un enamorado de la fiesta de la máscara, un grande del Carnaval que caminó siempre de puntillas, con elegancia y sin estruendos, como si se sintiera culpable de tener atestada la vitrina con tantas bandas de reinas de la fiesta.

Su creatividad no tenía límites. Fue un César Manrique de la purpurina. Su escenario natural, la candidata, a cual más espectacular, sobre la que esculpía la fantasía con piedras de swarovski, plumas –en su justa medida, para dar volumen– y mucha lentejuela bordada. Los trajes de Fernando Méndez eran fácilmente reconocibles de cerca, porque casi se veían por detrás la belleza del derecho; al pespunte solo le faltaba el brillo.

Fernando encontró en las tortas o tartas la fórmula de ganar volumen, de engrandecer la belleza de sus candidatas y evolucionó hasta inventar los trajes con música y baile. A las personas, y a los artistas, se les conoce en la trasera del escenario. Nunca defraudó Fernando, que sorprendía siempre con una puesta en escena hasta incorporar sobre el escenario las coreografías con play-back. Este creador estaba muy por encima del pleito insular. Su pasión, el Carnaval; su preocupación, la grandeza de la fiesta de Las Palmas de Gran Canaria.

El año 1994 es de infausto recuerdo para el Carnaval de la capital grancanaria por el resultado de lo que se llamó gala. A la edición siguiente, siendo entonces concejal de Fiestas de Las Palmas por carambola Chano Franquis, hoy consejero de Obras Públicas, Transportes y Viviendas del Gobierno de Canarias, tuvo la difícil misión de afrontar la refundación del espectáculo de elección de la reina. Tras el fracaso del año anterior, cuando la gala se desarrolló en Las Canteras, la organización se propuso erradicar cualquier recuerdo a dicha edición.

De la mano de las hermanas Peque y Carmiña Guianche, alma mater de la agrupación coreográfica Los Bohemios –y la última, muy cercana a Jerónimo Saavedra–, Chano Franquis apostó por un nuevo equipo de dirección de la gala: Francis Suárez y Geni Afonso, que habían crecido en las comparsas chicharreras y como directores artísticos de la mano de Jaime Azpilicueta.

Por aquellos años era gerente de la Sociedad del Carnaval Paco Medina, otro referente para reflotar el Carnaval que salió de Las Canteras e hizo del Parque Santa Catalina, desde 1995, su cuartel general. Aquella edición Francis y Geni dieron la vuelta a la gala del año anterior y la gala salió de cine, en consonancia al motivo que presidió el Carnaval 1995; y al año siguiente repitieron al frente de la dirección para hacer de Las Palmas de Gran Canaria la Roma del Carnaval.

Por aquella época tuve la oportunidad de conocer a Fernando Méndez, que coqueteó también como comentarista en TVE. Entre bastidores se podría caer el mundo, y ahí estaba él con una paz infinita. Con una elegancia. Con un saber estar.

Las Palmas de Gran Canaria puede presumir de tener en Fernando Méndez al creador más grande de su Carnaval. Por su generosidad y por ser inconforme. Siempre buscaba la superación y pretendía lo mejor no para sí, sino para la fiesta y su ciudad.

En la década de los noventa conoció en Tenerife a Marco Marrero y María Díaz, que hicieron escuela por el uso y bordado de las piedras swarovski. ¿Y qué hizo Fernando? Los sumó a su equipo desde 1999 en una colaboración que se prolongó durante una década y media.

Su muerte repentina es una puñalada trapera para los amantes del Carnaval, para cuantos gozaron y disfrutaron de su ingenio. Fernando no era un diseñador al uso. Es un artista, y digo es porque su obra es el mejor legado para presentar de donde venimos y adonde vamos, con el orgullo de pertenencia de hacer un Carnaval bienísimo con un hueso.

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