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Lucas López

punto de vista

Lucas López

Mestizaje, teología de las migraciones

La doctora que me atiende vive en Tazacorte, aunque nació en Pasto (Colombia). El señor que cuida la platanera vive en las Breñas, si bien él y su familia provienen de Senegal. El técnico que repara la avería de mi móvil vive en Los Llanos de Aridane y nació en Quito. Parte de mis primos nacieron en Venezuela y alguna ha vivido en Bruselas, Madrid, Barcelona o Sevilla. Ninguno de mis hermanos, ni tampoco mi hermana, vive en La Palma, la isla donde nacimos. Sin embargo, no es noticia. Sobre las migraciones se habla de campamentos, personas ahogadas, disputas políticas y del episodio de unas guaguas desembarcando en la Plaza de La Feria, en Las Palmas de Gran Canaria. Una amiga, voluntaria de una ONG cristiana, me comenta que estuvo allí. “¿Cómo lo ves?” Le pregunto. “Con tanto ruido mediático, además de pedir dimisiones, se cuela el mensaje de que las personas que migran son un problema. Invasión, crisis, inseguridad, violencia. En la Iglesia, se habla como tema de caridad y derechos humanos. Pero el estruendo digital creciente no ayuda. Todo lo presenta como problema y lo demás queda oculto tras tanto ruido”.

En enero de 2016, con la presión migratoria en el Mediterráneo, con Lesbos o Lampedusa en primera página, Alberto Ares S.J. Doctor en Migraciones internacionales y cooperación al desarrollo, profesor en la Universidad Pontificia de Comillas, publicaba “Transitando una teología de las migraciones”. Entre los muchos temas que aborda, hay dos que llaman especialmente mi atención: la cuestión de la identidad y la que afecta a la dignidad y derechos de la persona.

El tema de la identidad, en la cuestión migratoria, se suele formular como pérdida: dejaríamos de ser lo que somos si permitimos que tantas familias extranjeras se establezcan en nuestra sociedad. A juicio del autor, “la mayoría de los cristianos occidentales se sienten cómodos con la idea de nación-estado”. Nuestra identidad cristiana respiraría patriotismo y, como seguidores de Jesús, sería suficiente una actuación caritativa y tolerante con las familias migrantes pero defendiendo lo nuestro (nuestra nación, país, familia, cultura, etc). Sin embargo, tras repasar el mensaje de Jesús, Ares concluye que “en una mirada de conjunto, parece evidente que el seguimiento y el discipulado tiene una predominancia en la vida de Jesús sobre los lazos familiares o el apego a su tierra natal”. Es decir, nuestra patria y cultura no serían definitivos para nuestra identidad. Sería más decisivo esa suerte de ciudadanía global, hijas e hijos de un mismo Padre, que propone Jesús.

En un segundo paso, Ares habla sobre la dignidad de toda persona. La muerte en los mares de quienes tratan de llegar a nuestras costas o la de la gente mayor en las residencias muestra la dificultad práctica para dar contenido a nuestro discurso sobre la dignidad y nos sitúa más bien en el de personas descartables. Alberto Ares tira de su propia experiencia recordando las celebraciones del bautismo en una parroquia latina de Boston: “En una comunidad donde había un número de personas que habían obtenido la ciudadanía, otras la residencia permanente, otras el permiso temporal y un buen número de indocumentadas, recibir el bautismo era percibido como el reconocimiento a la dignidad de (...) ser llamados hijos e hijas de Dios, a su imagen, formando parte de una Iglesia sin fronteras”. Por supuesto, el carácter decisivo de la dignidad de la persona no es una idea teológica exclusivamente cristiana. Se encuentra en todas las tradiciones religiosas y humanistas.

El pensamiento teológico tiene sus propias fuentes y Alberto Ares recoge lo central de la fe cristiana: la venida de Dios en la historia del nazareno, hijo de un pueblo errante y Él mismo un migrante que se refugia en Egipto. Pero, además, apelando a la noción de Ley Natural, Alberto Ares defiende un imperativo moral que, aunque pueda reforzarse desde la fe, tiene entidad en sí mismo: los derechos humanos, que son derechos de las personas, no de los ciudadanos. De alguna manera, estaríamos planteando una lucha similar a la que la comunidad negra emprendió y mantiene en torno a los derechos civiles: no tienen que ver con el origen, la etnia o la condición económica; los derechos de las personas van más allá de su pertenencia o no a la ciudadanía de un determinado país. La dignidad no es consecuencia de los derechos que reconocemos, sino que los derechos deben reconocerse porque la dignidad de la persona es universal.

Juan B. Metz, el padre de la Teología Política, atribuía a la misma tres grandes misiones: la memoria del nazareno, la narrativa de la liberación y el impulso de la solidaridad. La mirada teológica sobre las migraciones alienta una mirada política con los mismos tres pasos: la memoria del caminante Jesus y la memoria de las migraciones de la que proviene la sociedad de la que formamos parte nos deben llevar a construir una narrativa esperanzada sobre el mestizaje y la liberación posibilitada por la migración; finalmente, dado que la política es establecer normas y asignar recursos escasos, la teología política debe señalar como exigencia ética que las normas respeten la dignidad humana y que esos recursos se usen para atender la mayor necesidad del modo más inteligente, eficiente y solidario posible.

No es misión de la teología, ni de esta breve nota, indicar a nuestros responsables institucionales cuáles son las actuaciones correctas, pero las políticas encaminadas a parar o impedir los movimientos migratorios no dan más de sí: ni ayudan a honrar nuestra memoria (“Recuerda que fuiste extranjero en Egipto” Dt 10,19), ni construyen una narrativa esperanzada (“Nuestros esfuerzos ante las personas migrantes que llegan pueden resumirse en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar”, Francisco en Fratelli tutti), ni parecen una asignación inteligente, eficiente y solidaria de recursos siempre escasos. Así, la teología de las migraciones apunta hacia una teología del mestizaje como marco de derechos y liberación en una Europa que parece más empeñada en cerrar las puertas.

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