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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Vox y Canarias

Pandemia y cientos de muertos, cadáveres de niños en el fondo del mar, temporales, destrucción empresarial, paro estratosférico, incertidumbre y agonía, y lo único que faltaba es Santiago Abascal, el fachita que ni se reconoce como ultraderechista, para animar el ambiente. Porque Abascal finge reírse mucho de los progres, pero no tiene arrestos para admitir lo que es. En fin, qué se le va a pedir al muchacho. Hasta Matteo Salvini es un intelectual comparado con Abascal, quien todavía suele advertir con una modesta sonrisa, cuando le invitan a participar en un programa de televisión o un ciclo de conferencias, que él, simplemente, es un activista. Activistas es lo que menos necesita ahora mismo este país. Lo que urge son políticos prudentes y honestos, gestores eficaces y eficientes y ciudadanos responsables y comprometidos. Los activistas que se la vayan a cascar y no regresen hasta que podamos permitirnos el lujo de soportarlos.

Aunque, por supuesto, Abascal nunca ha participado en ningún activismo. Como es conocido siempre se las ha arreglado, en los últimos veinte y pico años, en encontrar acomodo en despachos de artilugios políticos y administrativos del País Vasco y Madrid, donde jamás ha hecho otra cosa que cobrar una pasta. Después de romper con el PP montó Vox y amigos como Kiko Méndez Monasterio les ayudaron a encontrar mecenas tan generosos o atontados como para pagar media docena de sueldos, el suyo incluido. El partido de Abascal –ahora mismo el tercero con más escaños en España impulsado por la crisis sempiterna, el arrinconamiento de valores tradicionales y la fenomenología del separatismo catalán -- propone una impugnación inequívoca del modelo de democracia parlamentaria tal y como se define en la Constitución de 1978. No les importaría que existiera una cámara legislativa – también funcionó una durante el franquismo – pero cerrada a cal y canto a socialistas, comunistas, nacionalistas, separatistas y demás ralea mientras todos los aparatos del Estado trabajarían para la recuperación y actualización de los valores de una moral nacionalcatólica. Vox es una añoranza del franquismo que no se atreve a ser – porque no sabe o porque no quiere – un populismo ultraderechista posdemocrático.

Abascal ha metido la mano en Canarias a ver si saca un puñadito de votos. Ha afirmado que en Canarias se mastica miedo. Miedo en las casa y en las calles. Como tantos cobardicas, su lenguaje, es el lenguaje de un xenófobo que solo insinúa su obsesión. Porque lo que quiere decir Abascal es que los canarios temen ser agredidos por los migrantes retenidos en Canarias por un Gobierno mentiroso, cruel e incompetente. Los isleños no estamos encerrados en casa por miedo a los negros, ilustre totufo, doncel de la patria doliente, perfume macho de correaje, pólvora y Soberano. Vox tiene dos diputados elegidos en Canarias, uno por cada provincia, pero son silenciosos como gatos de escayola en este como en cualquier otro asunto que afecte a las islas. Dos sueldos, dos paquetes de dietas saladas, dos silencios que solo se rompe para anunciar –par de criaturas – que Vox va a presentar una enmienda a la totalidad a los presupuestos generales del Estado. No hay un análisis, una propuesta, una oferta programática sobre o para Canarias. No la tienen y les importa un carajo –como diría su secretario general – no tenerla. Tienen el miedo. Todo el cuajo de nuestro miedo, nuestra desconfianza y nuestro odio. No desean nada más. A Vox le basta con el miedo de los canarios y las peores reacciones que la incertidumbre, los prejuicios y la estupidez pueden producir. Ese es su alimento. Ese es su objetivo. Como todo fascismo grande o pequeño, pactista o brutal, germinal o terminal. Lo que comen es lo mismo que lo que nos brindan para comer: mierda.

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