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Volando bajito

Una mala madre

Nunca había escuchado a una hija hablar con tanto dolor y crueldad de una madre. Yo sabía de la complicada relación entre ambas, madre e hija, pero hace unas semanas nos fuimos a comer y lo supe todo. Desde que nos vimos me advirtió: “Voy llegando de Valencia de ver a mi madre, 93 años y encantada de insultarme y humillarme lo mismo a mí que a mí hermano que acabó comprando un terreno en Ibiza para alejarse de ella. Ha sido un encuentro tan amargo, lleno de insultos y desprecios, que tengo la necesidad de hablar. He llorado sin tino. Seis días en su casa y ni una palabra de cariño, de gratitud, nada. Nunca te conté toda la verdad porque me avergüenza pero es la persona más mala que he conocido. Admira a Bette Davis ¿te suena?”.

Siempre pensé que el carácter de ambas extravió la llave del cariño pero no, la maldad asomaba la patita. Con esa edad y el deterioro de los años la hija viajó a Valencia por compasión. Ofrecerle una alternativa para vivir lo que le quede de vida, una de ellas traerla a su casa canaria, donde vive. “En esas islas no se me ha perdido nada”. La primera en la frente. “¿Un centro para mayores mamá? Tampoco. “¡De mi casa no me saca nadie!”. Aquí hay que parar. “Una casa”, precisa mi amiga, “que es mía no de ella pero es muy capaz de pegarle fuego por maldad…”. Finalmente encontraron a una mujer peruana que, lástima, tenía un “pero”; su piel es oscura. Desde ese día la llama “Negra”. La mala madre ha fingido hasta su muerte. Quitó la luz de la vivienda y se metió en cama. La rescató la policía. Mi amiga siempre ha pensado que su madre es una enferma mental así que ahora que un médico ha confirmado el diagnóstico pronto ocupará plaza en un centro público.

Peor imposible.

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