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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Un instante

Regresaba a casa. Todo ocurrió en unos segundos muy lentos. Un anciano se apoyó en un coche aparcado casi frente al supermercado y se deslizó hacia el suelo. Empecé a hablarle cuando llegó final y cayó de lado. Estaba agarrotado y ni siquiera pudo protegerse la cabeza, que chocó con un golpe seco contra el asfalto. Me acerqué. En realidad nos acercamos varios transeúntes. Primero tres personas. Al final media docena. Entre una mujer y yo, muy cuidadosamente, lo sentamos apoyado contra el vehículo. Ella se sentó con el anciano. Yo llamé a emergencias con mi móvil. Un individuo alto y fornido entró en el supermercado y en medio minuto regresó con alcohol y esparadrapo. El señor accidentado repetía que no había sido nada, un desvanecimiento, y ya empezaba a sentirse mejor. Admitió un poco de alcohol en la herida, que era superficial, pero insistió en que anular la llamada a la ambulancia. Su voz era débil, pero segura. Llamé a emergencias de nuevo para comunicar que el anciano estaba bien; insistieron en que visitase un centro médico para una revisión en serio. Otra mujer, con una bolsa en las manos, preguntó por la familia. La esposa, la esposa del anciano accidentado, estaba cerca, en una pequeña peluquería.

--No es necesario que le digan nada –la voz seguía siendo débil, aflautada -. En un momento voy a buscarla. No quiero que se asuste.

-- Se asustará si lo ve a usted llegar a la peluquería con esa brecha en la sien. Me adelanto y le digo que está usted bien y llega enseguida.

Y así lo hizo. Alguien ofreció al herido un botellín de agua. Bebió a gusto un par de sorbos. Luego lo acompañamos sin prisas a la peluquería, distante apenas unos metros. La esposa ya estaba sobre aviso, pero lo miró atónita, descolocada, como se debió mirar al cruzado que acaba de llegar de una guerra por Jerusalén tras décadas de ausencia. Él parecía asombrado del asombro de ella. Se abrazaron, como si hubieran burlada a la muerte por casualidad, milagrosamente juntos de nuevo, tal y como en realidad había ocurrido. Después salieron a la calle.

--Gracias. Muchas gracias. Han sido ustedes muy amables. Muy amables, la verdad – y me apretó ligeramente el brazo.

Los vimos alejarse y desaparecieron por la Rambla Pulido. Los demás no nos despedimos. Nos saludamos con la mirada, sin palabras bajo las mascarillas, algo lacónico y sin duda suficiente, y nos desperdigamos con rumbo a nuestros afanes. Pensé en que había estado bien. Pensé que la gente había coincidido en ayudar a un semejante durante cinco minutos, en la rapidez y en la disponibilidad, en la sencillez de la amabilidad anónima y en la ausencia de chismografía de un silencio pragmático y elegante. Recordé esa hermosa leyenda hebrea, según la cual existen en todo momento 36 seres humanos justos y compasivos cuya piedad sostiene el mundo: si desaparecieran desaparecería automáticamente la Creación. Pero no son 36 hombres y mujeres los que nos salvan. Somos nosotros, por supuesto, y a eso se refiere profundamente el sentido del relato. Cada uno de esos 36 justos es, sencillamente, cada uno de nosotros. Pensé, mientras regresaba a casa, que no es la maldad y sus fascinantes prestigios la que nos hace fuertes, sino la bondad, la bondad como elección ética (y política) inteligentemente egoísta. Pensé que podríamos ser indestructibles. Pensé, atravesando esta anodina ciudad, que podríamos, al menos, ser soportables de vez en cuando. Recordé a los ancianos alejándose lentamente de la mano y por primera vez en mucho tiempo, durante cinco minutos, me sentí a gusto en la muy noble y pesada y amnésica y murguera y resignada e invicta Santa Cruz de Santiago de Tenerife.

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