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Cerrando el círculo (de lectores)

Estos días leo mucho y escucho la canción I read a lot. En ella, Nick Lowe explica que lee mucho, “y no solo revistas”, desde que se quedó solo, desde que no está ella y quizá no tenga nada más, pero sí tiene tiempo.

Se supone que a él lo ha dejado su mujer, pero la canción se puede escuchar de otra forma. Dicen las ventas en librerías que a la gente le ha dado por leer, en estos tiempos de confinamiento intermitente y restricciones Guadiana. A algunos, como a mí, nos ha dado por pensar por qué leemos e incluso cuándo empezamos y por qué. He aquí una clave: Círculo de Lectores.

Mis padres llegaron a Barcelona, procedentes de una aldea de Lugo, en 1974. En el maletero de su Seat 850 no llevaban libros, sino algún plato Duralex y algún pollo desplumado. Esas estanterías que collaron a la pared las llenaron con lo que compraban en Círculo de Lectores y, diría más, los tomos crecían en las baldas a medida que crecía su bienestar, encontraban su lugar en esa pequeña biblioteca casera a medida que quien tomaban asiento en la nueva vida eran ellos. Confiaban en ese capital simbólico, en que mi futuro estaba ligado al de esa biblioteca. No es una apuesta infalible, pero en mi caso (aquí me tienen) funcionó.

Quizá los convencieron esos anuncios que Círculo emitía a principios de los años 80: “¿Conoce usted mejor instrumento con el que proveer a los hijos para el futuro?”. O quizá cuando el actor José Sacristán protagonizó un anuncio de captación de socios en el que aparecía disfrazado de Valle-Inclán o de Quevedo y explicaba que él mismo había sido comercial puerta a puerta.

Todo esto se puede repasar en el libro Círculo de lectores. Historia y trascendencia de un proyecto cultural, de Raquel Jimeno, que ha editado recientemente Ampersand. Círculo de Lectores apareció en la España de 1962, cuando hasta un 10% de la población no estaba alfabetizada y donde había más cuchillerías que librerías. En un inicio, sirvió para cubrir ese escasísimo circuito (zonas donde la gente no tenía librería a la que ir), pero también para calmar inseguridades y vergüenzas: entrar en una librería, aunque tuvieras una al lado de casa, era más raro que poner un pie en la Luna (¿qué comprar?, ¿me mirarán mal cuando elija lo que no toca?, ¿es que puedo tocar los libros?).

En 1970, Círculo ya contaba con un millón de socios y hasta 5.000 proveedores que puerta a puerta captaban a nuevos amigos, tendían el catálogo para elegir, traían los libros, eran como de la familia: “Esos amables intrusos”, como los definió Montalbán. Cuando las mujeres no podían ser titulares de una cuenta bancaria, Círculo permitía pagar la cuota en efectivo, así que fueron tantas las que se hicieron socias que hasta los anuncios eran en femenino, dirigidos a ellas.

La figura más importante del proyecto, que cerraría en 2019, fue Hans Meinke. Explica este visionario que una vez se hizo pasar por comercial y timbró en la puerta de un piso de Ciutat Meridiana. Le abrió un paisano que escuchó atentamente qué tenía que ofrecerle. Cuando acabó, el tipo ya era un cliente: quería hacerse socio. Meinke le tendió el formulario para que lo rellenara y, en la casilla de la rúbrica, el nuevo socio firmó así: XXX. Tres cruces. Círculo no podía aceptar a gente analfabeta. “¡Pero es que lo hago para mis hijas, para que tengan una vida mejor que la mía!”, dijo el tipo. Explica Meinke, y lo recoge el libro de Raquel Jimeno, que hicieron la vista gorda. Como esa vez muchas, y como esas hijas, por suerte, aún más. Cada vez que sonaba el timbre, podía despertar un lector.

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