Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Carlos Gómez Gil

Observatorio

Carlos Gómez Gil

Repensando la Universidad por la Covid-19

Considero el pesimismo un mecanismo de auto- protección extendido aunque erróneo. Se anticipa la desgracia futura para soportarla mejor cuando llegue. Solía utilizarlo de escudo cuando era joven. Así, prefería pensar que un examen me había ido mal para evitar el posterior chasco. Hoy sé que anticipar el dolor solo conduce a duplicarlo. Disculpen ustedes esta psicología de aprendiz, pero los momentos que estamos viviendo propician recuerdos y mecanismos favorecidos por la quietud impuesta, la inactividad o esta semirreclusión prudente. La fatiga pandémica, las olas que no cesan, las noticias inquietantes o escalofriantes están poniendo a prueba este optimismo terapéutico al que llevo aferrándome desde hace mucho tiempo, antes incluso de la pandemia, y que me gusta interpretar como una actitud de autodisciplina y de superación. Acostumbrada progresivamente a luchar contra el lento pero implacable deterioro físico, el dolor leve pero crónico, la gravedad, la desmemoria, la lentitud de reflejos o las manchas en la piel, me permito poco coqueteo con la desesperanza. O con la evidencia.

Y sin embargo, a estas alturas hay preguntas obligadas. ¿Erró Sánchez o engañaba cuando dijo en verano que habíamos vencido a la pandemia? ¿Erró Simón o engañaba cuando dijo allá cuando todavía éramos tan felices que el virus iba a tener baja incidencia, o hace poco en pleno dolor cuando elucubró que la cepa británica sería insignificante? ¿Erró Illa o engañaba, cuando antes de la espantá, afirmó que sobrarían vacunas? ¿Engaña o yerra Darias cuando afirma que la vacunación va al ritmo adecuado y en verano las cosas irán un 70 % óptimo?

La desconfianza está servida, pero, cuando la lucha se antoja casi perdida, una se aferra a un optimismo racional y apoyado en evidencias históricas que demuestra, que, incluso con autoridades ineptas o psicópatas, -que no digo yo que sea el caso- las crisis se superan y que, como aprendí de niña gracias a una profesora optimista o ingenua que conocía muy bien a Einstein, estas son necesarias para que la humanidad avance.

La Universidad atraviesa un período de cambios forzados impulsados por el avance de la Covid-19 y los efectos de los diferentes confinamientos y estados de alarma vividos. Sin embargo, el debate público se ha centrado, en exceso, en los exámenes y sus diferentes modalidades, online o presenciales, dejando de lado otras transformaciones de un enorme calado que se vienen llevando a cabo en los últimos meses de una manera acelerada. Recientemente, un compañero de mi Departamento me contaba con acierto que si algo hemos demostrado los profesores es que tenemos una capacidad de adaptación descomunal, y creo que acertaba de lleno.

Cuando en el pasado mes de marzo el Gobierno decretó el primer estado de alarma y ordenó el confinamiento domiciliario, las universidades nos encontramos con el gigantesco reto de mantener la formidable maquinaria universitaria en marcha desde nuestras casas, sin haber previsto nunca esta situación. De un día para otro, los profesores tuvimos que seguir impartiendo unas enseñanzas especializadas, diseñadas para seguirse presencialmente, pasando a hacerlo a través de herramientas tecnológicas novedosas, algunas de ellas muy complicadas, que tuvimos que aprender a utilizar en días. Nuestras metodologías de aprendizaje, los procesos de evaluación continua y las prácticas de las diferentes asignaturas, recogidas en los correspondientes programas, tuvimos que mantenerlos, pero a través de formas novedosas para seguir impartiendo las clases y continuar con la programación del curso. Al mismo tiempo, tuvimos que cumplimentar adaptaciones docentes, recoger los sistemas alternativos de evaluación y formalizar multitud de documentos y trámites donde se recogían estos cambios para salvaguardar la calidad de los estudios y los derechos de los estudiantes.

Todo ello exigió, además, un enorme esfuerzo de todos los equipos de gobierno en cada una de las universidades, facultades y departamentos, junto a un trabajo redoblado por parte del personal administrativo. Pero además de la docencia, la parte más visible de nuestro trabajo, los profesores universitarios también llevamos a cabo una importante labor investigadora, publicaciones y trabajos académicos, que en muchos casos también se vieron seriamente afectados: congresos y seminarios anulados, investigaciones detenidas, con financiación suspendida o imposibles de llevar a cabo, publicaciones que se cancelaban o se posponían de manera indefinida. Mientras luchábamos para seguir impartiendo las enseñanzas universitarias con las máximas garantías en situaciones tan extraordinarias, teníamos que pelear por mantener a flote nuestras investigaciones y publicaciones, sin olvidar nuestros compromisos con otras universidades y centros de investigación.

En esta situación de emergencia no podemos olvidarnos de los estudiantes universitarios, que son quienes dan sentido a nuestra labor y por quienes trabajamos desde las universidades. De un día para otro, se vieron encerrados en sus casas, asistiendo con miedos y ansiedades a una situación insólita, teniendo que continuar sus estudios de formas distintas a las previstas. Los profesores nos convertimos en sus interlocutores directos sobre los que proyectaban sus incertidumbres, acompañadas de ansiedades que teníamos que ayudar a gestionar, sin dejar de explicarles y convencerles de que sus clases se mantendrían y podrían finalizar sus estudios, en medio de situaciones inauditas a las que tuvimos que dar respuesta.

Muchos profesores hemos tenido estudiantes a los que el confinamiento y las prohibiciones de viajes les sorprendió en el extranjero y desde allí, como pudimos, tratamos de mantener su docencia para que, por ejemplo, pudieran finalizar y defender con éxito sus Trabajos Fin de Máster. Recuerdo cuando en la primera clase que tuve en el máster que imparto durante el confinamiento, dediqué la sesión a preguntarles cómo se encontraban, qué temores tenían y aclarar sus dudas sobre la continuidad de sus estudios. La ansiedad y la intranquilidad vividas por todos ellos afloró de manera emocionada, agradeciendo con sinceridad que, desde la Universidad, un profesor se hubiera preocupado por su situación personal. Y es que, por encima de todo, los estudiantes son personas a las que preparamos para que puedan afrontar lo mejor posible un futuro que no somos capaces de comprender en toda su complejidad. Precisamente por ello, como les explico a mis alumnos, en una situación como la actual, una de las mejores cosas que pueden hacer es dedicar estos tiempos tan repletos de incertidumbre a prepararse lo mejor posible para ese futuro en el que ellos tendrán una enorme responsabilidad.

A lo largo de estos meses, las universidades hemos seguido trabajando en la implantación de medios y herramientas tecnológicas avanzadas, en la reorganización de todos los espacios para hacerlos seguros, en la creación de procedimientos para garantizar las máximas garantías sanitarias, en profundizar en sistemas de enseñanza que puedan mantenerse en situaciones de confinamiento y en la generación de protocolos ante situaciones de contagio, dentro o fuera de las aulas. Y todo ello ha requerido un esfuerzo ingente por parte de toda la comunidad universitaria que va mucho más allá de la modalidad de exámenes, para los cuales, todos los docentes, también hemos tenido que desarrollar sistemas alternativos a los presenciales.

Muchos de estos cambios y avances han venido para quedarse, pero, sobre todo, nos han obligado a repensar el sentido y la labor de una universidad imprescindible para recomponer e impulsar la sociedad del futuro y restaurar las profundas cicatrices que está dejando la pandemia.

Compartir el artículo

stats