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Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

Efecto avalancha

Es muy conocido el llamado efecto mariposa, según el cual el aleteo de una mariposa en Pekín puede desembocar, con el paso del tiempo y mediadas ciertas condiciones en un huracán en el golfo de México. La idea viene a ser que una secuencia interminable de hechos, aparentemente sin relación entre sí, puede interactuar hasta llegar a abocar consecuencias impredecibles.

Pero se da un efecto mucho más rápido y directo, al que habrá que buscarle un calificativo.

Veamos algunos ejemplos. El primero y de los más obvios dada su proximidad y virulencia sería sin duda la ingesta por un chino de Wuhan de un pangolín infectado de un extraño virus que termina contagiándole. Contagio que se propaga como un alud hasta afectar a toda la tierra, causando millones de muertos y arruinando las economías de casi todo el planeta.

Porque China es propensa a las catástrofes planetarias. En 1958 Mao Zedong decidió que los gorriones eran una plaga, culpándolos de comerse cada uno más de 4 kg de grano al año. Por ello se convirtió en deber revolucionario terminar con los gorriones. Despreciando las interacciones ecológicas y el hecho de que los pajarillos comían más insectos que grano, cientos de millones de chinos pusieron manos a la obra, envenenando a los pájaros, quemando sus nidos o no dejándolos dormir mediante ruidos permanentes. La misión fue un éxito y los pobres pajaritos quedaron al borde de la extinción. Y permitieron la proliferación en avalancha de la langosta, causando unos perjuicios económicos que arrastraron al país a una hambruna que se cobró la vida de no menos de 16 millones de chinos. Con lo cual tal vez se solucionara de momento y a las bravas el tema de la escasez, aunque fuera matando a más chinos que gorriones. Afortunadamente se pudo restablecer el equilibrio ecológico, importando dos años más tarde y de tapadillo ingentes partidas de gorriones rusos.

Pero tomemos un ejemplo más cercano a nosotros del efecto avalancha: el 3 de agosto de 2016 un excursionista alemán que transitaba por una zona silvestre de la isla de La Palma acababa de hacer sus necesidades bajo los pinos. Para no dejar rastro de su deposición creyó oportuno pegarle fuego al papel higiénico utilizado. Las llamas pronto dieron cuenta del papelito... y seguidamente de 4.800 hectáreas de terreno boscoso, lo que obligó a desplazar preventivamente a 2.500 vecinos. Además de afectar al 7% de la superficie de la Isla, el incendio se cobró la vida de un guarda forestal. Una imprudencia fortuita y tal vez bienintencionada pero a cuyas mortíferas consecuencias tal vez no les iría mal el calificativo propuesto.

Antes de terminar estas reflexiones, las quise someter a la consideración de mi mujer.

Aunque su reacción me sorprendió, creo que no viene mal como rúbrica de este tropezón.

“Mira, cariño, nosotros nos conocimos en un baile de la universidad, al que en principio yo ni siquiera había pensado asistir. Pues fíjate, a raíz de dicho encuentro nacieron tres hijas, aparecieron luego tres yernos, que las ayudaron a alumbrar seis nietos, y surgieron de la nada tres familias políticas que nos cayeron del cielo. Y suma y sigue. ¡Por favor, no me vengas a descubrir ahora tu efecto avalancha!”.

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