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Juan Francisco Martín del Castillo

Otilio, el progre a domicilio

Cada mañana al alba, cuando el resto duerme plácidamente, nuestro hombre, el progre a domicilio, se levanta y se dice que ese va a ser un gran día. El propósito es siempre el mismo, arreglar el mundo. Diseña, pergeña y ejecuta el plan previsto. Comienza por señalar a los que hay que cambiar, a los que llama descerebrados, denominación que ha venido en sustitución de la de fascistas, simplemente porque no piensan como él, situado a lomos de la verdad. Los seguidores de Otilio, el héroe de la progresía, se cuentan por miles y, según su forma de proceder, quien se oponga a sus arreglos no es más que un pobre diablo que sólo merece compasión. La reeducación es el alma de estos mecánicos de la mente. Y la pedagogía, la herramienta de la que se valen para cumplir con el objetivo marcado. El único contratiempo que encuentra Otilio son las goteras, las rendijas por las que se escapa la conciencia en busca de libertad.

Otilio no se amilana ante nada. Hace votos, como si de un misionero se tratara, para reforzar el carácter y la convicción. El mal está ahí fuera, en los otros por supuesto, y él representa la dicha, el paraíso en la tierra. Nuestro héroe es la encarnación del progre contemporáneo, enfangado en la denuncia de la perversión ideológica. Otilio, que se sabe auténtico, no duda en quebrar las conciencias, aun a riesgo de que le tachen como contrario a los ideales que defiende. En realidad, Otilio puede ser cualquiera, un profesor en el aula hablando de la participación democrática, el director de un determinado periódico o incluso usted mismo, ya que su misión es entrar en las cabezas ajenas para arreglar lo averiado, lo que no funciona bien. Para él, el mundo está dividido en dos mitades: a una parte, los que son como él, todos los otilios que sufren porque nadie se deja “arreglar”, y, en la segunda, los demás, los rompetechos que van a tientas, seres que vagan de un lado para el otro sin conocer tan siquiera dónde están. Se sabe del lado de la verdad y utiliza su propia lengua, que sólo entienden y comparten los convencidos. Llamarle sectario es poca cosa comparada con el destino que le aguarda.

Al frente de la cuadrilla de los mecánicos de la mente, Otilio retoma la tarea cada nueva jornada, repartiendo el maná de un mundo mejor, el suyo, sin que nadie se lo haya pedido. Al ingenuo que desee encontrar la libertad, le asaltan desde los cuatro puntos cardinales. La sociedad de los otilios es perfecta, una comunidad presidida por la luz de la conciencia, pero sólo la conciencia de unos cuantos elegidos. Nuestro héroe acude presto a la llamada de auxilio. Tan pronto se le puede ver en una manifestación contra el heteropatriarcado en el Madrid de los Austrias como en el muelle de Arguineguín alzando la voz contra el trato vejatorio a los inmigrantes. Y siempre arreglando las averías de la ideología, aunque su especialidad son las goteras de la conciencia, eso tan sobrevalorado que llaman libertad. Oír esa palabra le supone un fuerte quebradero de cabeza. Es curioso, porque aun detestándola, la tiene continuamente en la boca. Da sentido a su vida, entregada a moldearla a su gusto. Manipula, adoctrina y dirige el pensamiento de otros, creyéndose en posesión de la verdad absoluta. Lo que le apena es que la realidad, tan tozuda ella, termine por contravenir sus deseos. Ni siquiera los lectores de su diario, salvo los ya convencidos, se dejarán hurtar aquello que les hace libres y dignos de ser considerados como personas.

Esta sociedad de las goteras, porque, al intentar acabar con una, le salen ciento a su paso, le produce sentimientos encontrados. Claro que es su trabajo, pero le agobia mucho, al mismo tiempo que agradece el quehacer. El plomero de la democracia, el que entra a hurtadillas en los domicilios, no es más que un pobre hombre al que la fatalidad le depara la peor de las suertes. Buscando frenar la intolerancia, el odio, la polarización política y hasta la injusticia incurre en ellas de continuo. No comprende que la libertad, como el agua, no hay fuerza que la pueda parar. En fin, bienvenido seas, Otilio, porque el mundo será de los hombres libres, precisamente, los que se alejan de ti.

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