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Myriam Z. Albéniz

Desde la sala

Myriam Z. Albéniz

Youtubers en la picota

Entre los infinitos palabros que tenemos que padecer de un tiempo a esta parte por mor de la globalización y el auge de las nuevas tecnologías, sobresale uno que ha entrado con fuerza en los sufridos hogares que gozan de la presencia de adolescentes en su seno. Me estoy refiriendo al término YouTuber, uno de cuyos exponentes más casposos apareció tiempo ha en todas las cadenas televisivas cuando la víctima de una de sus gracietas le propinó un pedagógico tortazo con la mano abierta, para regocijo (me incluyo) de la mayoría de los espectadores del experimento. Es lo que tiene llamarle “cara anchoa” a un sufrido repartidor autónomo. Que te deja los cinco dedos marcados en la cara y tienes que salir por piernas a dar de baja tus perfiles internáuticos. 

El fenómeno social que protagonizan estos nuevos reyes de las redes sociales a los que casi nadie recordará dentro de pocos años, no es especialmente novedoso en cuanto a su esencia, porque la difusión de contenidos triviales ha sido muy frecuente a lo largo de la Historia. La diferencia radica en su contemporánea vía de difusión, a un simple toque de ratón o de móvil en manos juveniles, desde cualquier lugar y a cualquier hora del día y de la noche. Inexplicablemente, estos nuevos ídolos de masas están siendo capaces de reemplazar en popularidad a las figuras más icónicas del deporte, la música o el cine dedicándose tan sólo a subir videos de su propia cosecha, emitir opiniones (normalmente a voz en grito) de contenido discutible, comentar videojuegos, publicar tutoriales o rodar filmaciones caseras. 

El caso es que la explicación fundamental de su existencia es la misma desde que el mundo es mundo, a saber, desarrollar una cultura alternativa no coincidente con la de los adultos, ya sea en cuanto a moda, hábitos o gustos artísticos de toda índole, y su auge coincide con esa concreta etapa evolutiva en la que priman la fuerza del grupo, la rebeldía, la necesidad de autoafirmación y la construcción de la identidad personal. La cuestión es que, hasta hace no mucho, la denominada “caja tonta” ostentaba el monopolio de encumbrar o derribar a una estrella, realidad que ya se ha ido al traste definitivamente con la irrupción de una caterva de dispositivos asociados a Internet a través de los cuales los chavales descubren a sus héroes sin intermediarios. El hecho de que un joven anónimo acumule millones de fieles seguidores sin necesidad de negociar con directores de cadenas y al margen de inversiones millonarias resulta, como mínimo, chocante, de modo que, para bien o para mal, resulta innegable que las reglas de juego han cambiado. 

Aun así, mucho me temo que los testimonios que comparten estos peculiares individuos, con ingresos a veces estratosféricos cuyo obligatorio pago de impuestos pretenden eludir trasladando sus residencias a vergonzosos paraísos fiscales, no se alejarán en exceso de las que compartirán nuestros propios hijos cuando se reúnen con sus amigos. En aras de mi proverbial serenidad, prefiero pensar que se trata de un sarampión pasajero. Sigo creyendo que la clave radica en educar en valores y en dialogar con los chicos dentro de un clima de normalidad, tranquilidad y respeto hacia sus gustos, aunque a veces nos parezcan una oda al despropósito. 

Apostar por el arte del discernimiento y por la transmisión del sentido crítico no es tarea fácil pero, sólo si disponen de esas herramientas, las nuevas generaciones serán capaces de distinguir entre lo imprescindible y lo prescindible, entre lo trascendente y lo intrascendente. En ese sentido, imponerles nuestra visión del mundo no parece el mejor camino, como tampoco lo es el de la descalificación gratuita de sus mitos ni el del cuestionamiento reiterado de algunas de sus actividades de ocio. Ojalá que cuando alcancen la edad adulta evidencien la evolución lógica de unos jóvenes a quienes se les ha enseñado a razonar y a debatir, a pesar del sobreesfuerzo que ello comporta.

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