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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Desbordamiento

Reducir el amor a un ramo de flores o a una cena (con mascarilla sobre la mesa) no deja de ser una simplificación frustrante de uno de los grandes fenómenos de la vida. Madame Bovary desecha de manera fulminante el orden de las convenciones burguesas en pos del abismo, y todo por un amor adúltero condenado a colmar el deseo y a enterrar a la vez cualquier esperanza de honradez. Ortega y Gasset, que se ocupó de tantas cosas, también le dedicó una frase al asunto: “El amor es un estado de imbecilidad transitoria”. Una leyenda para una lápida, porque su enunciado vendría a justificar exaltaciones románticas que acabaron siendo pasto de un tiro en la sien o de un duelo a pistola que cercenó la eterna juventud. Y empalma la ironía del filósofo con los neurobiólogos dedicados a encontrar la causa neuronal que provoca la secreción que altera la objetividad, dicho en plan pseudocientífico y quitándole todo carácter folletinesco. En un aquilatado proceder utópico, de un estructuralismo insoportable, se aspira a una conveniencia matemática para saber cuánto puede durar un enamoramiento tras el vulgar cosquilleo o enajenamiento, o bien si es medible o no el amor que queda tras la fase de desbordamiento. Pero más allá aun: cómo desactivar un estado que ha sometido a la persona a una especie de esclavitud que le lleva a realizar actos y a tomar decisiones que merecen una incapacitación determinante.

Ventajas y desventajas no han finiquitado una cuestión tan antigua como Adán y Eva, a veces envuelta en patetismos del calado de San Valentín, con una crecida del amor -todos caemos en el señuelo- que nos lleva a ser autómatas que margullamos en ofertas hoteleras excepcionales para la festividad, compramos rosas recién llegadas -es un decir- de Ecuador, buscamos un poema estremecedor para el despertar o nos tiramos de la cama para preparar un desayuno al estilo de un comedor de un cuatro estrellas. Una terapeuta advierte: “Viene a ser una hipocresía, el resto del año no existe el otro, o al menos no existe desde el sentimiento. Y más bien se pretende cubrir la carencia con una formalidad un tanto absurda para lo que está en juego, como si tratase de un cumpleaños, cuando realmente es algo muy relevante: el amor”.

Y me animo con la consulta por videoconferencia: ¿Y con la pandemia? “Asistimos a una circunstancia interesante y a la vez perversa. Primero con el confinamiento y ahora con las restricciones, las parejas están más tiempo juntas y se destapan las carencias del diálogo. La rutina ha acabado con él o lo ha desplazado a un plano secundario. ¿Y qué ocurre? Pues que uno de ellos se empieza a hacer preguntas en voz alta, la mayoria sobre la relación y su significado. Es el momento en que, por decirlo de alguna manera, estalla la bomba: se dan cuenta de que hace tiempo que no existe nada, absolutamenta nada, que sólo son unos colegas que se reparten la tareas del hogar, el cuidado de los hijos y las preocupaciones económicas del día a día”.

San Valentín tiene suerte porque es domingo, aunque complica más su celebración a los enamorados: unos se estrujan los sesos tratando de contentar algo tan apocalíptico y estresante como alimentar a un devorador de sensaciones como es el amor, y otros tienen encima la desgracia de que no poderse escabullir entre el tráfago de las obligaciones diarias. ¿Pero qué hacer?, se pregunta desesperado el enamorado, atosigado por la efervescencia festiva. Una recomendación doble: Dos en una torre (Alianza Editorial), de Thomas Hardy, y la obra de Kafka, nada en concreto, puesto que todo él explica su pavor al amor, que le lleva a huir estando ya en el altar.

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