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Elizabeth López Caballero

EL LÁPIZ DE LA LUNA

Elizabeth López Caballero

La calle, la noche y el miedo

Siempre le recriminé a mi madre que me educara en la cultura del miedo: “¡No vuelvas tarde! ¡No vuelvas sola! ¡Avisa cuando llegues! ¡Ten cuidado! ¡Echa por donde haya mucha gente!”, y así un sinfín de frases premonitorias que escondían un “Eres mujer, estás en peligro”. Siempre le dije que el miedo alimentaba al miedo, que los tiempos cambian y la fortaleza de la mujer también. Pero mi madre seguía erre que erre: “Mira lo que se escucha en las noticias”, “Que mañana puedes ser tú, hija mía”. Y mi madre llevaba razón. Son muchas las mujeres que han sido secuestradas, violadas o intimidadas cuando caminaban por la calle. Es una dura y cruel realidad pero también algo que estamos intentando cambiar porque queremos sentirnos seguras y libres.

Sin embargo, el escenario es otro. El peligro sigue ahí, acechándonos. La semana pasada regresaba de mis clases de Lengua de Signos a las nueve y media. Con este horario de invierno ya era noche cerrada y, para más inri, con el toque de queda apenas había gente en la calle. Cuando caminaba por la avenida León y Castillo me topé con dos hombres que, al pasar a su lado, se dirigieron a mí de una forma obscena. Yo agaché la cabeza y aligeré el paso. Pero, mientras avanzaba, una alarma se encendió en mi cabeza. Me volví y allí estaban, acercándose tan rápido como yo intentaba alejarme. Me invadió un terror espantoso y en unos pocos segundos dudé entre quedarme parada o salir corriendo. Me paralicé. Porque sí, el miedo paraliza.

Por suerte, en mi caso, que no es el mismo que el de otras mujeres que por desgracia se quedan en estado de shock, algo de lo que se aprovecha su depredador, caminé tan rápido como pude y en un momento de luz llamé por teléfono a mi marido para que bajara nuestra calle y fuera a mi encuentro. Hasta coloqué las llaves de casa entre los dedos, como una compañera de trabajo me aconsejó en una ocasión. Ese era su mecanismo de defensa las veces que se había sentido acosada. Sí, las mujeres hablamos de esto y nos damos consejos, pues es una realidad con la que convivimos aunque la gran mayoría de la sociedad siga llamándonos “desquiciadas”. Siguieron persiguiéndome hasta que vieron que levantaba la mano para hacerle señas a alguien. Solo ahí dieron marcha atrás al que quiera que fuera su plan.

Cuando me sentí a salvo, ya en casa, se me agolparon una infinidad de emociones que se enredaban entre mi garganta, mi pecho y mi estómago. La sensación de vulnerabilidad me palpitaba en los oídos e, inconscientemente, la de culpa también. Porque quizá era tarde para volver a casa sola. Porque quizá debí percatarme antes de su presencia y haberme cambiado de acera. Porque quizá no agaché lo suficiente la cabeza cuando escupieron de sus asquerosas bocas las groserías con las que me cosificaron. O porque no me enfrenté a ellos cuando pude. Y es que nos han educado así, para sentirnos culpables. Cuánto entiendo ahora a mi madre y a todas las madres de mis amigas. Ese miedo agazapado en la angustia de que sus hijas experimenten lo que ellas también experimentaron en algún momento de su vida. Lo peor de todo es que sé que esto puede volver a ocurrir(nos) cualquier otro día y, probablemente, se seguirá perpetuando en las generaciones femeninas venideras si no hacemos algo, hombres y mujeres, para ponerle fin.

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