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Reflexión

Don Juan Ramírez Valido

Era un hombre alto, fuerte, corpulento, atlético y saludable, dotado para el deporte, le gustaba el fútbol, defensor persistente del fútbol canario y de aquellos jugadores míticos (Molowny, Silva, Mujica, Torres, Tonono, Guedes, Germán, León, Castellano, Wolf, Brindisi, Carnevali, etc.) y seguidor irredento de la UD Las Palmas y siempre vestido con sotana y alzacuello.

Al terminar sus estudios en el Seminario de Canarias fue a completar su formación en la Universidad Pontificia de Comillas en Santander bajo la égida de los Jesuitas. Destacaba su admiración por San Ignacio, los grandes filósofos y teólogos jesuitas y los ejercicios espirituales ignacianos, especialmente los dirigidos por el Padre Nieto..

Admirador del Obispo Pildain, de su lucidez mental, su firmeza doctrinal, su capacidad oratoria y su verbo encendido, su compromiso cristiano, su independencia del poder político y económico de su época, su libertad ante las censuras y cortapisas gubernamentales, su espíritu de sacrificio, su pobreza, su defensa continua de los más vulnerables y excluidos, el ejemplo de la donación de todos sus bienes a los pobres y la denuncia profética de las situaciones de injusticia.

Don Juan era una persona de una gran lucidez mental, una capacidad intelectual extraordinaria, una gran velocidad para el procesamiento de la información, su pensamiento iba siempre delante de sus palabras que no conseguían domarlo y expresarlo con serenidad, una gran facilidad para la polémica y el debate: era un estudioso de los filósofos y teólogos Jean Duns Scoto (1266-1308, franciscano, teólogo y filósofo escolástico escocés, profesor de las universidades de Oxford y Paris, maestro de Guillermo de Ockham, y publicó trabajos importantes sobre metafísica, filosofía de la naturaleza, estudio del hombre y reflexiones sobre ética y política), Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494, inteligencia brillante, polemista excepcional y especialmente conocido por el impacto de su obra Las 900 tesis de religión, filosofía, filosofía de la naturaleza y magia), Francisco de Vitoria (1483-1546, religioso dominico español, escritor y catedrático de la Universidad de Salamanca, destacó por sus contribuciones al derecho internacional y la economía moral basadas en el pensamiento humanista del realismo aristotélico. Influyó en la creación y desarrollo de la “escuela de Salamanca” con los eminentes pensadores Melchor Cano, Domingo Báñez, Domingo de Soto y Francisco Suárez. Introdujo en Salamanca la Summa Theologie de Tomás de Aquino como libro básico de texto de teología) y Francisco Suárez (1548-1617, conocido como Doctor Eximius, teólogo, filósofo y jesuita español y autor de la excelente obra Disputaciones Metafísicas, y atesoraba un gran nivel de precisión para fijar posiciones doctrinales, defenderlas y/o rebatirlas.

Su estructura de pensamiento estaba determinada por una ortodoxia doctrinal sólida e impregnada de la lógica aristotélica, las reflexiones de Santo Tomás de Aquino, la filosofía escolástica y en su formación teológica estaba marcado por el pensamiento de los grandes teólogos jesuitas. Era un hombre conservador en la línea de Joseph Ratzinger y alejado del pensamiento más abierto de los teólogos conciliares Yves María Congar, Hans Kung, Karl Rahner, etc.

Su metodología era escolástica y desarrollaba en las clases sus grandes pasos: precisar con claridad los conceptos a utilizar; establecer con un nivel alto de precisión la cuestión a tratar, sus límites y su alcance; concretar las distintas opiniones o hipótesis defendidas por personalidades relevantes de la filosofía o la teología; defender con argumentos convincentes una hipótesis y extraer una conclusión o tesis. Circulaba por este camino en un sentido y en otro con una facilidad asombrosa por su velocidad de pensamiento y la precisión brillante.

Conocí a Don Juan primero como estudiante de filosofía en el Seminario Diocesano y le recuerdo como un profesor imponente (alta estatura, corpulencia, hablar rápido, vestido de sotana negra), lúcido, brillante, sistemático y paciente con sus alumnos pues repetía las explicaciones las veces que fuera necesario. Con él aprendí la sistematización del pensamiento con la lógica de Aristóteles y las exigencias de la escolástica, la necesidad del estudio riguroso y la reflexión para llegar a comprender las cuestiones y construir un pensamiento propio y sólidamente fundado.

A mi vuelta de Madrid coincidimos como profesores en el Centro de Estudios Teológicos y mantuvimos siempre una relación cercana, cordial y amigable pero siempre con la distancia de discípulo a maestro. Para mí siempre fue Don Juan, el profesor brillante, cercano, cordial y riguroso, el maestro que te ha marcado.

Le preocupaba especialmente que la Iglesia se mantuviese fiel a sus orígenes y los vientos del cambio y del agiornamento del Concilio Vaticano II y las nuevas corrientes filosóficas y teológicas le costaba asumirlas, pero su obediencia continua y constante al Magisterio de la Iglesia le permitía integrar algunos de los nuevos cambios y propuestas.

Le encantaba leer, releer y citar los pensamiento y reflexiones de Jacques Maritain en El campesino del Garona.

La otra cuestión objeto de nuestros diálogos y reflexiones era la introducción en el pensamiento filosófico y teológico del relativismo y las exigencias de la contextualización de la fe. La verdad, afirmaba con vehemencia Don Juan, es accesible al entendimiento humano y al descubrirla hemos de ser inflexibles con el error pero comprensivos con las personas que yerran. Firmeza en la condena del error y misericordiosos con las personas que se equivocan.

En nuestros últimos diálogos, me solicitaba información sobre los grandes temas del estudio de la psicología y la sociología, las exigencias del método científico, la relación ciencia y fe, la articulación de la fe y el compromiso cristiano en el contexto académico y, en concreto, en la investigación científica en mi ámbito de trabajo.

Nos profesamos siempre un gran respeto, valoración y aprecio y le agradaba saber que no había una separación entre mi fe cristiana y mi práctica profesional y académica. Me acuerdo de mis diálogos últimos con Don Juan cuando descubrí la imbricación de este binomio fe-ciencia en la perspectiva del genetista que cartografió la secuenciación del ADN humano, Francis S. Collins, que la expresa de manera sencilla y magistral: “La experiencia de secuenciar el genoma humano, y de revelar el más notable de todos los textos, era a la vez un asombroso logro científico y una ocasión para orar”.

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