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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Héroe y antihéroe

Digitalización, sostenibilidad o resiliencia, pero este país todavía está cubierto por la mugre de lo estrafalario nacional en franca competencia con la europeización, bandos en los que se enzarzaron generaciones de literatos en humeantes cafetines donde escritores y políticos se daban el boca a boca. La celebración del 23-F en el Congreso de los Diputados expandió la rareza nacional, aunque sus señorías no lleven capa y espada, utilicen herramientas del Silicon Valey, tengan los riñones bien cubiertos, almuercen más allá de los tugurios del Madrid galdosiano y coticen a lo bien para obtener una jubilación envidiable. Lo que allí sucedió con Felipe VI demuestra, una vez más, que la realidad supera a la ficción, y que en ocasiones no hace falta dar muchas vueltas para escribir una buena novela. El monarca y una representación parlamentaria -sin independentistas ni PNV- montó una pieza Zaj digna de Juan Hidalgo: homenajearon al rey emérito por su correcta actuación, significaron, la noche del golpe de Estado. Héroe y antihéroe se conjuntaron en una narración, que, por un lado, alababa su tesón a la hora de desarticular el levantamiento militar, y por otro, tenía como fondo inevitable su lujoso exilio en Émiratos Árabes por presuntas irregularidades fiscales y financieras. La combinación de los dos planos de rodaje destartala cualquier intencionalidad comunicativa, porque la incompatibilidad es manifiesta, a no ser que Zarzuela, Moncloa y Congreso, hilando fino, hayan hecho una alianza para acabar de volver locos a los españoles. Podían haber optado por una videoconferencia con Juan Carlos I rodeado de sus príncipes de Abu Dabi dirigiéndose a la atenta y diezmada Cámara, pero prefirieron escenificar una excentricidad: separar su cuerpo y alma en dos partes, una muy anterior a Botsuana, perteneciente al Madrid en blanco y negro, lleno de manchas de nicotina, con los paisanos absolutamente atemorizados por el poder fáctico militar y sus delirios, solo manejables por un rey imbuido de la autoridad que le había inyectado Franco. Y otra parte en color, sensual, sexual, hedonista y degenerada que el Estado quiso dejar abandonada en la extraña villa de los petrodólares. Esta puesta en escena contrahecha, casi una exhibición de Gómez de la Serna para entretenimiento de un grupo de trasnochadores, determina, sin menoscabo de lo que pretenda Pedro Sánchez, que cualquier adivinanza sobre el día después, entre más estrambótica, mejor.

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