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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Si Pérez Reverte lo ha hecho, por qué uno no lo iba a hacer. Ha propuesto para el premio Princesa de Asturias al dibujante Francisco Ibáñez. Y, por mi parte, si se me permite, propongo la candidatura del psicoanalista Zizek al premio Darwin, un galardón que sólo tiene un par de requisitos, y el principal, es, precisamente, estar muerto para recibirlo. No es que uno desee la muerte del esloveno. Faltaría más. Pero son tantos los méritos que acumula el personaje que resulta extraño que no se lo concedan en vida, aunque sea a título honorífico. Si es necesario, presto mi firma para el evento.

Ibáñez, el historietista, lleva más de seis décadas, que se dice pronto, deleitando al personal, tanto a mayores como a los que no lo son tanto, y su propuesta para cualquier premio que se le quiera dar no tiene ni que meritarse. Hasta el menos informado, conoce la gavilla de caracteres que ha legado a la posteridad, comenzando por la pareja compuesta por Mortadelo, el mago del disfraz, y el cándido y atribulado jefe que le tocó en suerte. En cierto modo, Filemón recuerda a Slavoj Zizek. Piénsenlo bien y encontrarán hasta el parentesco. El filósofo recibe al visitante ocasional, sea quien sea, y a cualquier hora del día, en bata y calzoncillos, casi lo mismo que el agente de la TIA. Filemón trata infructuosamente de hacerse con la situación, dominarla y establecer un plan, mientras que el exyugoslavo se ve continuamente sorprendido por la realidad por más libros que publique sobre ella. Sólo hay una diferencia, y es que Filemón jamás ganaría el premio Darwin, puesto que es inmortal, aunque Mortadelo se empeñe en lo contrario.

Anda el hombre de entrevista en entrevista, de medio en medio, dando conversación a quien quiera escucharle, y al que no también. Dicen que sus palabras iluminan esta época triste y oscura, pero él, lejos de creérselo, vive en permanente inquietud. Se declara comunista irredento -sólo por este hecho la candidatura al Darwin ya debería confirmarse-, un “optimista desesperado” por encontrar un hueco por el que entrar en el parnaso de Stalin. Tiene tantos seguidores como los conducidos al cadalso en otros tiempos, porque, aunque no lo parece, los que le prestan oídos no dudarían ni esto en lanzarle piedras si dijera algo verdaderamente sensato. Qué curioso es este mundo de hoy en el que la filosofía se identifica con un tipo hosco y atrabiliario.

Repito, es el momento. Es la hora de proponer nominaciones a los premios Darwin a la autoselección genética -en este caso, la intelectual o filosófica-, y mi voto irá al pensador esloveno. Qué pena que sea únicamente una, cuando podrían ser miles y miles, justo las de los que siguen al autor de Pandemia, su último libro. Oigan, y si en vez del filósofo pesimista venido del frío, proponemos a uno de los nuestros, el ministro Manuel Castells, por ejemplo. La cosa estaría reñida. ¡Hasta para el peor premio hay controversia!

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