Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Putin no tiene alma

Un profesor de Relaciones Internacionales que tuve nos hacía memorizar una ingente cantidad de fechas y siglas para sus exámenes tipo test. Toda la conflictividad del planeta quedaba reducida, a su juicio, a organizaciones que perdían o ganaban miembros, o a aniversarios de solemnes firmas de incorporación o de crisis que acababan en bajas rotundas. Y encima tenía una forma de puntuar aciertos y desaciertos que hubiese sido la envidia de cualquier agente de la CIA dedicado a descifrar mensajes cifrados. Este desconcertante acervo no me ha servido para interpretar las consecuencias de la acusación de “asesino” que le hizo Biden a Putin durante una entrevista televisiva, a la que su homólogo le contestó deseándole salud y emplazándolo para un encuentro on line una vez volviese de un descanso en la taiga. Las crónicas se han hecho eco de los desencuentros del estadounidense con el ruso en su etapa junto a Obama, donde le miró a los ojos y no le vio alma alguna, constata el mandatario. El habitante del Kremlin, ciertamente, ha respondido al enorme insulto desde la frialdad de matador de osos que le caracteriza y como sospechoso en el manejo de venenos liquidadores. Esta dialéctica de novela negra o de espías de la guerra fría se hubiese resuelto el siglo pasado con una escalada de la tensión. Un correspondiente aumento de ojivas, un aviso de que la yema del dedo está a punto de presionar el botón rojo, pero por ahora ha bastado con una llamada a consulta (o retirada) del embajador y unos comentarios sarcásticos, pese a que el viejo Biden le advirtió que no pararía hasta demostrar sus injerencias en los procesos electorales de los EEUU. Putin, desganado, ha apuntado como un zorro al subconsciente americano y a remordimientos como el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki a la hora de explicar la expresión del presidente americano. A la espera de la vuelta del bosque boreal de Putin, las relaciones entre EEUU y Rusia entran en una especie de entretenimiento freudiano donde el orden mundial rota, de pronto, hacia el capítulo personal. Biden no ve atisbo de humanidad alguna tras los ojos plateados del astuto exKGB, cuestión de importancia para un católico, y el antiguo agente observa en su oponente los rastros de un país carcomido por un pasado no mejor que el de su patria. Seguro que el profesor hubiese introducido la pregunta en un test como hito: ¿qué día llamó Joe Biden asesino a Vladimir Putin?

Compartir el artículo

stats