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Myriam Z. Albéniz

Desde la sala

Myriam Z. Albéniz

Orden y concierto frente a desorden y desconcierto

Atendiendo al aluvión de informaciones (algunas, chocantes, otras, impactantes, y la mayoría, generadoras de desasosiego) que estamos padeciendo en los últimos días, tengo la sensación de que no estaría de más mejorar nuestras cotas de orden y concierto a todos los niveles, no sólo externo sino también interno. Tal vez coincidente con esta idea, me reenviaba una buena amiga la semana pasada una noticia que ensalzaba la importancia del orden en la infancia. Un flechazo semejante debí sentir sobre ese asunto desde que tengo memoria y por esa razón me siento tan identificada con la famosa gurú Marie Kondo, a quien he antecedido sin yo saberlo en el noble arte del organización doméstica. Apasionada desde muy pequeña por las bondades de esta alternativa, la nipona heredó de su abuela paterna la manera natural y aparentemente sin esfuerzo de cuidar de los objetos y disponerlos de forma equilibrada. Años más tarde, convirtió su pasión en profesión y creó una consultoría que ha traspasado las fronteras de su Japón natal para convertirse en un fenómeno mundial. Según la revista Time, se trata de una de las 100 personas más influyentes del mundo.

Kondo defiende la idea de que la eliminación constituye el primer paso para alcanzar el orden. Desprenderse de lo que no se usa ni se necesita proporciona felicidad. De hecho, el principal problema de muchas viviendas no radica en la falta de espacio, sino en que dicho espacio está copado por infinidad de artículos innecesarios que, como medida inicial, procede clasificar en tres categorías: para donar, para tirar y para vender. Y, a medida que limpiamos nuestro domicilio, también recolocamos nuestra mente y nuestro corazón, pues ese desapego de lo material puede ampliarse a situaciones más trascendentales. Suele comenzarse por la ropa para continuar con los libros, los papeles y los elementos con valor sentimental. Este criterio no se ha decidido al azar y halla su explicación en que se extiende desde lo más fácil a lo más difícil de prescindir. Otra costumbre muy útil es la de planificar el día a día escribiendo una lista de tareas a realizar. Dicha actividad contribuye a despejar la cabeza, liberar la carga mental y estructurar los pensamientos, por lo que la mente fluirá mejor y dejará hueco a la creatividad.

Esta mujer oriental es de las que, tras su uso, guarda cada cosa en su sitio. Lo que parece un detalle sin importancia supone en realidad el origen real del desorden. Y es que cuando cada enser tiene asignado un lugar, su colocación resulta sencillísima. Tampoco son baladíes rutinas tan recomendables como hacer la cama nada más levantarse, ventilar las estancias durante diez minutos o recoger la cocina simultáneamente a su uso. Pocas sensaciones más gratas que la de observar una encimera o un fregadero a salvo de una invasión de cacharros y, además, sucios. Aunque tal vez el hábito más sorprendente de la mediática influencer sea el de saludar a su casa, otorgándole casi la condición de ser vivo. Para ella, organizar no se reduce a restaurar el equilibrio entre las personas, sus bienes y sus hogares, sino que se alza como una oportunidad de oro para expresar el aprecio por nuestro refugio vital.

Recapitulemos, pues: ropa rota o que ya no se usa, calzado estropeado, objetos inservibles, documentos inútiles, plantas muertas o juguetes que no funcionan han de darse por amortizados. Para Marie Kondo y sus seguidores los motivos son claros e incuestionables. Con el desapego la salud mejora, la creatividad crece, las relaciones se benefician y el humor aumenta. Evitar ruidos extremos, luces fuertes u olores intensos también contribuye a un mayor bienestar. Y, francamente, bastante desconcierto estamos padeciendo de un tiempo a esta parte como para no echar en saco roto las recomendaciones de una mujer que ha demostrado con creces saber crear espacios de relax y sosiego. Mi experiencia personal, desde luego, avala sus tesis.

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