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Pilar Garcés

EL DESLIZ

Pilar Garcés

Una catarata de efectos Illa

Si a este país le importara la salud mental podríamos hablar de hiperactividad o de trastorno por déficit de atención en política. Los madrileños han de elegir entre yo o el caos (Iglesias) y el caos o yo (Ayuso)

Así que el ‘efecto Illa’ era eso. Epatar durante por lo menos una hora, el tiempo que vive una noticia bomba antes de pudrirse. Pues se ha contagiado como el coronavirus y ahora no sabemos cómo pararlo. Los estrategas políticos, antes llamados fontaneros y hoy tras el obligado empacho de series admirados como spin doctors, se sacan un conejo y otro de la chistera y ya veremos el resultado. Candidatos sorpresa, mociones de censura inesperadas, elecciones porque yo lo valgo, dimisiones para la reconquista. Qué puede salir mal, si ya está todo manga por hombro. En Cataluña gobiernan los mismos pero el ministro de Sanidad se ha mudado a su tierra en plena crisis sanitaria, desertando de su juramento. En Murcia, insólito centro geopolítico, pueden gobernar los mismos después de demostrar que el transfuguismo nunca pasa de moda. Madrid aprovecha que todos los trenes salen y llegan a su territorio y enreda. Una comunidad para la que la pandemia no existe convoca un acontecimiento masivo como unos comicios en un día laborable, reaccionando a un movimiento periférico que ni le importa ni le interesa, por mero cálculo político. Y provoca una crisis de Gobierno nacional cuyo efecto dura una hora, hasta que ocurre algo que nos atañe de verdad: se han parado las vacunaciones.

Está muy dicho, pero no por ello resulta menos verdad: no es momento de ocurrencias. Todavía se te van los parientes a urgencias, se quedan de repente sin oxígeno y no vuelves a verlos. Las economías domésticas siguen en números rojos, los desahucios se multiplican. No podemos salir de casa pasadas las diez de la noche, ni consumir cultura, ni viajar a donde nos dé la gana, ni ir al médico. Las elefantiásicas administraciones públicas que pagamos entre todos se paralizan, o como mínimo se ralentizan, por un adelanto electoral o un relevo ministerial que no hacían ninguna falta, en lugar de trabajar a toda máquina para gestionar esos fondos que van a venir si se dan las condiciones adecuadas, o las ayudas a la población asfixiada. Y ellos, con los sueldos íntegros, salen en los noticieros con sus tsunamis de pacotilla para impresionar. No sé qué dirá el CIS, ni las encuestas que manejan los oráculos de cada partido, pero si yo tuviera que elegir un concepto que nos une en estos momentos como país, esa devaluada marca España sería el hartazgo. Cada cual con su hartazgo, los madrileños deberán decidir si prefieren a Isabel Díaz Ayuso o a Pablo Iglesias. No les arriendo la ganancia.

Los filósofos e intelectuales habrán de redefinir el concepto de antisistema para el relato de este duelo de egos, dos fenómenos que se aburren si pasan más de seis meses trabajando en lo que prometieron trabajar y que comparten el gusto por tirarse a la piscina, con agua o sin ella. Ayuso sin complejos saca lustre a los conceptos políticamente incorrectos y moralmente intragables, Iglesias deja una vicepresidencia (nunca estuvo en Servicios Sociales) pensando en su legado sin apenas haberse estrenado en la gestión, prefiere leer el testamento que consolidar alguna herencia. Se diría que son dos adictos a la política que no quieren madurar, con un elevado concepto de sí mismos y encantados de hacer un corte de mangas a sus respectivos presidentes Pablo Casado y Pedro Sánchez. Lo mismo ahora mismo el ‘efecto Illa’ consiste en alguien cualquiera, que no sea ni una ni otro, y en esta partida no hace falta tener un as de laboratorio en la manga.

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