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Myriam Z. Albéniz

Desde la sala

Myriam Z. Albéniz

Por qué se debe abolir legalmente la prostitución

Ahora que cobra fuerza el propósito de elaborar una ley para abolir por fin la prostitución en nuestro país, conviene recordar que, según uno de los enésimos informes que emite con asiduidad la Organización de las Naciones Unidas, España ostenta el dudoso honor de ser el tercer país del mundo donde más se demanda el sexo de pago. Curiosamente, esta repugnante medalla de bronce se convierte en la de oro cuando tan ancestral práctica se circunscribe al Viejo Continente. En la avanzada Europa no existe, pues, ningún Estado que nos haga sombra, por más que el fenómeno de la prostitución muestre del modo más descarnado el siniestro lugar que ocupa la mujer para muchos miembros de nuestra sociedad. Y, por si no fuera suficientemente desolador comprobar el manifiesto retroceso cualitativo en las relaciones de pareja de los jóvenes españoles, ahora resulta que cada vez son más los chavales que tiran de su paga semanal para mantener relaciones sexuales en establecimientos del sector.

La operativa consiste en acercarse en pandilla a tomar unas copas a un puticlub y acabar compartiendo cubículo con una “profesional” a la que se van intercambiando por turnos. Si el dinero no les alcanza, recurren como sistema de adjudicación al tradicional sorteo del disfrute de la pieza, que recaerá en un único agraciado, confiando el resto de los concursantes en tener más suerte la siguiente vez. El escandaloso descenso en la edad de estos clientes viene siendo alertado, entre otros, por representantes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que afirman que, al consumo habitual de alcohol y drogas, se ha incorporado con fuerza esta tendencia a visitar en grupo locales de alterne como opción normalizada de un ocio que no les acarrea ningún dilema ético y con el que pretenden obtener una satisfacción inmediata.

A esta preocupante realidad se añade la no menos alarmante de la adicción al sexo, cuyo índice de afectados alcanza un elevado porcentaje en el tramo que ronda los 24 años. Visto lo visto, la pregunta no puede ser otra: ¿qué impulsa hoy a un cuasiadolescente, nacido y criado entre dispositivos donde proliferan las aplicaciones para contactar con otras personas dispuestas a entablar una simple amistad o, por supuesto, a mantener una relación íntima, a servirse de una prostituta que, por regla general, es víctima de trata de seres humanos y de violencia de género? La respuesta de estos compradores advenedizos de carne a tiempo parcial es que así ahorran tiempo y dinero. Con apenas veinte euros de inversión se evitan toda la parafernalia asociada al cortejo estándar de una chica (paseo, cine, cena) que, además de requerir cierta habilidad emocional de la que muchos carecen, tampoco les garantiza ni mucho menos el fin último que persiguen: echar un polvo. 

Además, el hecho de pasar por caja les comporta otra serie de ventajas nada desdeñables, como la de disponer de una sierva que también se dedique a regalarles los oídos, llevar las riendas del encuentro (el que paga, manda), ir directamente al grano o alardear de su poderío ante el resto de la manada. Eso sí, puestos a elegir, prefieren no saber si las infelices en cuestión son esclavas de alguna mafia, o si su existencia diaria se asemeja al infierno, o si su chulo las desloma en el hipotético caso de que decidan quejarse, o si tienen hijos en edad escolar que se quedan solos mientras su mamá está “en el trabajo”. Después de todo, tampoco ellos están cometiendo ningún delito y comerciar con cuerpos ajenos se ha hecho, se hace y se seguirá haciendo por los siglos de los siglos. No en vano, millones de individuos opinan que el oficio más antiguo del mundo es un modo más de ganarse la vida, ejercido en igualdad de condiciones y desde la más absoluta libertad y voluntariedad. ¿O no?

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