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Humberto Hernández

La dignidad de los dialectos

La dignidad de 
los dialectos

La dignidad de los dialectos

No cesan los casos de discriminación lingüística, de actitudes de políticos arrogantes que infravaloran las modalidades lingüísticas meridionales por considerarlas inferiores, según sus subjetivos y equivocados criterios, pues entienden que son los dueños de una lengua cuya más pura y castiza expresión es la que ellos realizan en su español del centro norte peninsular.

Ignora el necio que así procede que su punto de vista no se sostiene desde la rigurosa perspectiva de las ciencias del lenguaje: la lengua, nuestra lengua, no se manifiesta exactamente de la misma forma en los amplios territorios en los que, parafraseando a Unamuno, “resuena soberano su verbo”. Y su verbo soberano resuena, por fortuna, con diferentes tonos y matices, y solo es el respeto a esta enriquecedora variedad lo que hace posible el mantenimiento de su extraordinaria unidad, la convivencia pacífica de una diversidad dialectal que consigue el entendimiento de cualquier hispanohablante, sea del territorio que sea, mexicano, caribeño, andino, chileno, austral, castellano, andaluz o canario, pues estas son las grandes modalidades dialectales de la lengua española, y todas igual de dignas, igual de bellas, con sus peculiaridades fónicas, gramaticales y léxicas, que no son otra cosa que la huella de la legítima herencia cultural, de la propia historia, de cada una de las comunidades que tenemos la suerte de compartir el mismo idioma. Ignora el necio prepotente que su radical actitud de imponer su modalidad puede causarle serios perjuicios, si afloraran indeseados sentimientos del pasado, cuando su español castellano fue expresión lingüística del centralismo político, cuando no símbolo de dominación y opresión.

Pero volvamos a la lingüística objetividad, que no es discutible ni se presta a interpretaciones interesadas, como la de que unos hablan la lengua y otros hablamos un dialecto, considerando al dialecto como un estigma, una lacra, una limitación: “Y, sin embargo, un dialecto no es más que la manifestación de una lengua en un territorio determinado, de forma que todos los que hablamos una lengua, indefectiblemente, lo hacemos en uno de sus dialectos. Las demás consideraciones no son lingüísticas, sino secuelas de prejuicios y convenciones sociales” (cito a Francisco Moreno Fernández, Tras Babel. De la naturaleza social del lenguaje, Madrid, Ed. Nobel, 2018). Así, pues, del mismo modo que el andaluz es la variedad del español hablado en Andalucía (4.ª ac. del Diccionario de la lengua española de la Real Academia, en adelante DEL) y el canario es la variedad del español que se habla en Canarias (6.ª ac. del DLE), el castellano es también una variedad más, como lo reconoce el propio diccionario académico: “Variedad del español que se habla en la parte norte de los territorios del antiguo reino de Castilla” (11.ª ed. del DLE), si bien, puede llevar a confusión el hecho de que este término polisémico tenga también el sentido de “lengua española” (9.ª ac. del DLE), “especialmente ―dice el académico diccionario― cuando se quiere distinguir de alguna otra lengua vernácula de España”.

Resulta indignante que se ridiculice a una oradora porque en el Parlamento nacional utilice el español, con toda la naturalidad del mundo y con discursos irreprochables lingüísticamente, sin ocultar los rasgos fónicos más significativos de su dialecto andaluz; paradójicamente, jamás se criticó a quien en el mismo Parlamento español no ocultaba su lingüístico origen argentino. Ahora está expuesta, o más expuesta, a la crítica de los castellanocentristas la modalidad canaria con voz (mucha y, por lo pronto, buena) en el Gobierno de la nación. Vamos a esperar a ver de dónde vienen los ataques, y no me refiero a los de índole ideológica, sino a los lingüísticos.

Siga usted, señora ministra, con su seseo, con sus aspiraciones de las eses finales de sílaba y de palabra y con sus suaves sonidos velares, y, si se tercia, usando ustedes en lugar de vosotros, que así estará dando una lección de buena educación y de respeto, que es de lo que por ahora muestra un enorme déficit nuestro Parlamento nacional. Y es que los canarios, como los andaluces, no sabemos hablar el dialecto castellano; además, no creo que debamos hacerlo si para ello habremos de imitar el español septentrional de cierto político que hace unas semanas nos deleitaba con su impúdica prepotencia envuelta en una ininteligible fonética de ventrílocuo en una entrevista con Jordi Évole.

¡Si es a eso a lo que tenemos que aspirar…!

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