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José A. Luján

PIEDRA LUNAR

José A. Luján

Luis Arencibia, modelar, dibujar, escribir

En esta última semana, cuando hemos visto a Luis Arencibia bascular en las alas de un ángel desprendido de uno de los retablos cincelados por él mismo, que en asunción cuasi bíblica lo lleva hacia un celaje cósmico, se nos presentan mil latidos de un respirar compartido a lo largo de más de medio siglo. Luis llegó a Artenara como acompañante de su padre, José Arencibia Gil, autor de los murales de la iglesia de San Matías. «Don José, el pintor», como se le reconoció de manera inmediata, y su mujer, doña Rosa Betancort, se avecindaron en nuestro pueblo durante cinco años, tiempo que ocuparon los trabajos de decoración interior del templo parroquial. La obra quedó inconclusa ante su inesperado fallecimiento en 1968.

Con Luis hablamos de tú a tú desde el primer momento. Me asaetaba a preguntas sobre el ‘modus vivendi’ de la encumbrada localidad. El provenía del ámbito urbano de Telde y del seminario de Tafira, donde estudiaba Filosofía y Teología. Su padre fue muy amigo del obispo Pildáin. Sin embargo, cuando murió su progenitor, Luis atravesó una honda crisis espiritual que lo llevó a cambiar de aires, yéndose a vivir a Madrid. Allí se le presentó el compromiso social de una manera inmediata e intensa, llegando a militar en la izquierda radical, un salto que lo puso en el contexto ideológico y material del «Pozo del Tío Raimundo». Vestía sin alardes y su fisonomía implicaba una pelambrera que le llegaba a la cintura, signos de protesta en el tardofranquismo.

La necesidad de supervivencia lo llevó a opositar a una plaza en el Ayuntamiento de Leganés. La intuición de un alcalde y de un concejal de cultura, lo convierten en asesor artístico, con las manos disponibles para cualquier tipo de gestión. Leganés era entonces un pueblo de aluvión, desarticulado, con habitantes llegados de la meseta castellana y de Andalucía, atraídos por la oferta laboral de la capital. Obras literarias y plásticas, y autores con discursos rupturistas en sus respectivos géneros, que apuntalaban el cambio social, hicieron de Leganés un municipio de referencia, entretejido por múltiples expresiones culturales. En poco tiempo, hizo nacer y crecer un museo al aire libre, convertido en estrella patrimonial del municipio, además del retablo de Santa María de Butarque. Tras la gestión para conducir a creadores que vivían en su urna de cristal en departamentos universitarios o en la soledad creativa, Luis los empuja al contacto con la realidad popular, en variopintas sesiones donde fluían las ideas a ras de tierra.

Por otra parte, en su taller, ubicado en el Arco de Cuchilleros, en la Plaza Mayor de Madrid, pudimos comprobar la dimensión creadora de Luis Arencibia en su propia esencia. Sus manos y sus dedos, impregnados de arcilla, eran la prolongación del mundo conceptual que bullía en su mente. Del modelado emergía un busto distorsionado por la locura, con perfil expresionista, poco preciosista, pero profundamente humano. Plasmaba un alma reflejada en un rostro. Me resisto a asumir que aquellas privilegiadas manos y la sensibilidad de sus dedos estén ahora yertos, invadidos por la muerte.

Un feliz maridaje, el diálogo del dibujo con la escritura, lo hallamos en su libro de relatos El discurso del cuerdo y otros escritos del manicomio. Arencibia se nutre de las visitas al psiquiátrico de Santa Isabel y de sus encuentros con un buen número de locos allí recluidos, que son dibujados con su precisa plumilla. Aparte del testimonio gráfico, el autor se impregna de los perfiles psíquicos que ofrecen los internos y recoge los gestos, las confesiones y la palabra abierta que le brindan de manera espontánea aquellos singulares personajes. El resultado es un friso vivo de la conducta humana que aflora más allá del discurso considerado políticamente correcto, pero que da cuenta, con estilo expresionista, del mundo surreal y neurótico que bulle en la mente de estos seres marginales.

Hemos de apuntar que el propio Galdós dedica varias páginas de su novela La desheredada (1881) a Leganés, cuyo manicomio visita en varias ocasiones, con el fin de conocer rasgos y fisonomías de los internos. Sus observaciones las refleja tanto en la figura de los personajes como en la detallada descripción de esta institución hospitalaria que menciona como “tumba lastimosa de seres”.

En un arco temporal que abarca algo más de cincuenta años, se guardan mil recuerdos vivenciados con Luis Arencibia, amigo y polifacético creador, en el marco del arte canario que, sin hipérbole, ha entrado en la historia, llevado por el sueño de un ángel de bronce.

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