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Manolo Ojeda

Cartas a Gregorio

Manolo Ojeda

Luis Arencíbia: un tipo genial y un amigo inolvidable

El martes pasado, a eso de las dos de la mañana, sentí un estremecimiento que hizo que me levantara de la cama. Luego, y después de casi una hora, volví a recuperar el sueño.

Podría decir que los teldenses como Luis y como yo tenemos algo de brujos y nos conectamos en momentos críticos, pero, aunque no fuera así, lo cierto es que en ese momento mi querido amigo Luis se estaba despidiendo de mí.

No recuerdo un momento de mi infancia ni de mi primera juventud en las que no estemos los dos, desde cuando a los pocos años jugábamos a las chapas o cuando de jovencitos tuvimos las primeras novias.

Son incontables las anécdotas que viví con Luis Arencibia en aquellos años, como cuando un domingo fuimos a pasear con dos muchachitas al Parque León y Joven de Telde. No teníamos más de quince años, y de la alucinante imaginación de Luis surgían toda clase de historias con situaciones divertidas. Así que, en aquella ocasión, se nos ocurrió cambiarnos de “novia” y, cuando llegamos al Parque, hicimos el cambio de pareja sin previo aviso. Las chiquillas nos miraron sorprendidas, pero después continuaron como si nada hubiera pasado, hasta que el domingo siguiente cada uno volvió con la suya…

Luego vino el tiempo de Don Juan Artiles, párroco de San Juan de Telde que, después de unas cuantas charlas, nos convenció a todos para que fuéramos a un Curso de cristiandad en La Casa de San Pedro del Valle de Agaete. Éramos un grupo de ocho amigos y, tras aquel lavado de coco, salimos todos de cabeza al Seminario de Tafira.

Aunque, después de pensármelo mucho, yo fui el único que conseguí escaparme, pero todos los demás recibieron el sacramento de la Ordenación Sacerdotal.

Y allí estaba mi amigo Luis con coronilla y sotana que, en ese tiempo casaría a mi hermano Claudio con Pino Oliva. Pero poco después colgó los hábitos y también los fueron colgando todos los demás amigos.

Recuerdo que mi hermano le preguntaba a Luis cuando renunció al sacerdocio, que si también podía renunciarse al compromiso del matrimonio…

La vida de Luis fue de todo menos aburrida, y después de cura fue padre de cuatro hijos, mientras volvía a sus orígenes de artista como lo fue su padre, José Arencibia, convirtiéndose a la vez en el director del Área Artística del Ayuntamiento de Leganés en Madrid y del Museo de Escultura al aire libre, hasta concederle en 2018 el Premio Especial de la Ciudad de Leganés.

A pesar de la tristeza que tanto a su familia, a sus amigos y a mí, nos produce su pérdida, prefiero recordarlo como el tipo genial y divertido que siempre fue, un amigo que nunca podré olvidar.

Un abrazo a la familia y a nuestros amigos que, como estoy seguro, le echaremos de menos. Yo también se lo he dado a Luis la otra noche.

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