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Joaquín Rábago

Papel vegetal

Joaquín Rábago

Twitter y la degradación de la democracia

Mucho se habló a raíz de las “primaveras árabes” de que las redes sociales como Twitter servirían para combatir las tiranías, impulsar la participación ciudadana y mejorar la calidad democrática.

Pero ya sabemos lo que fue de aquellas primaveras, casi todas ellas fracasadas, y para lo que están sirviendo en cambio muchas veces redes como Twitter, la más popular hoy entre los políticos.

El ex presidente Donald Trump, tuitero compulsivo, convirtió Twitter en algo así como un instrumento diario de Gobierno y de eficaz comunicación de sus mentiras a los ciudadanos.

El límite original de 140 caracteres de los mensajes transmitidos por esa red, que mientras tanto han pasado al doble, puede ser apropiado lo mismo para un eslogan que para un insulto, pero difícilmente para explicar una acción de gobierno.

Trump sustituyó las enojosas ruedas de prensa, en las que se veía obligado a contestar a las preguntas críticas de los periodistas, por tuits que escupía a cualquier hora del día o de la noche sin darles a ésos la oportunidad de cuestionar su contenido.

Una prensa libre ha de tomarse la molestia de comprobar lo que se dice, verificar y contrastar las fuentes y cuestionar siempre, yo diría que instintivamente, al poder.

Twitter ha servido para la comunicación directa entre el presidente Trump y los ciudadanos, permitiéndole al gran demagogo saltarse continuamente el filtro de los medios de comunicación.

Al mismo tiempo hemos visto cómo, ya al final de su mandato, ordeñada ya la vaca, Twitter decidió poner fin a las mentiras del Presidente, suspendiendo de modo permanente su cuenta en la red y demostrando así el poder de las redes sociales.

Las conversaciones tienen lugar en el espacio virtual de una empresa privada con fines lucrativos, que sólo es responsable más que ante sus accionistas y en ningún caso ante la sociedad.

Se trata de compañías que pueden decidir libremente qué contenidos bloquean o a qué usuario retiran de sus plataformas sin que éste tenga posibilidad de recurso legal.

Unas compañías, a la sazón estadounidenses, deciden así sobre la base de sus propios valores, convicciones éticas o creencias, lo que puede o no transmitirse por su medio desde cualquier parte del mundo.

Así, por ejemplo, Facebook censuró un anuncio de la ex aspirante a la presidencia de EEUU Elizabeth Warren en la que la senadora demócrata abogaba por someter a una mayor regulación a esas empresas.

¿Quién puede asegurarnos que Twitter o cualquier otra red social no decidirá un día bloquear a un candidato o a un partido político que no le guste, interviniendo así directamente en el debate democrático de un determinado país?

Pero no es eso todo: lo que se celebró en un principio como un instrumento de debate público que debía enriquecer la democracia se ha convertido mientras tanto en una máquina de división y manipulación de la opinión pública.

Así se prima siempre el número de retuits que alcanza cualquier mensaje, y es bien sabido que cuanto más escanda-loso sea, se trate de una verdad o, como ocurre con frecuencia, de una mentira, con más velocidad va a correr por el universo digital.

El otro día hablaba El País de un tuitero al servicio, al parecer, del Partido Popular que publicó un documento que acreditaba una PCR positiva del ex ministro de Sanidad y candidato a la Generalitat Salvador Illa. Cuando se demostró que el documento era falso y el Partido Socialista puso una denuncia ante la Fiscalía, el mentiroso borró su tuit, pero el daño estaba ya hecho. Y de eso se trataba.

Como me escribía el otro día el latinista Juan Luis Conde, autor del libro Armónicos del cinismo, “la mentira ha existido siempre y ha resultado gratis en la vida corriente, el problema es una democracia que no educa a sus ciudadanos y los deja expuestos a tuiteros”.

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