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Observatorio

‘WandaVision’ y los mundos de diseño

Vivimos atrapados en una alucinación manufacturada por nuestro cerebro. El mundo tal cual y como lo experimentamos, tal cual y como lo entendemos, no existe. Nuestros sentidos interactúan con una realidad física que se esconde delante de nuestras narices, siempre presente e inalcanzable, escondida detrás del velo que la tecnología del cerebro humano ha puesto entre nosotros y el universo. Según Donald Hoffman, psicólogo cognitivo estadounidense, el proceso evolutivo le dio forma a nuestro entendimiento del mundo proporcionándonos percepciones que pudiesen garantizar nuestra supervivencia. Parte de ese proceso incluye el ocultarnos información sobre la realidad tangible; información que, con el paso de los siglos, nuestro cerebro ha aprendido a interpretar como redundante o inútil. Y dicha selección es muy, pero que muy reduccionista. El ojo humano, por ejemplo, es capaz de ver menos de una diez billonésima parte del espectro de luz, según el neurocien-tífico David Eagleman en su libro Incógnito.

Todo cuanto creemos ver y sentir es obra de nuestro cerebro, que interpreta la información que nuestros sentidos son capaces de percibir, diseñando un modelo del universo que llamamos realidad. Y cada modelo de realidad es, por necesidades del guion, diferente. Cada uno de nosotros se presenta ante el universo tangible de manera concreta e individual, cuerpo mediante. Y esa tecnología imperfecta que es el cuerpo humano nos predispone a experimentar dichas percepciones de una manera determinada.

Esta ineludible verdad nos fascina y nos aterroriza al mismo tiempo. Películas como Matrix nos invitan a explorar el significado y función de esta idea del “modelo alucinado” del mundo, como diría el biólogo Lewis Wolpert. Otras como Inception nos invitan a pensar en el origen y el poder de las ideas, en cómo un concepto puede lanzarte a una dinámica de reconfiguración de tu modelo del mundo… y de tu propia persona que, como diría Thomas Metzinger o José Ortega y Gasset, son indivisibles, o casi la misma cosa. WandaVision, un producto de Disney para un mundo saturado de superhéroes y sit-coms, mezcla ambas cosas con maestría y un gusto visual y narrativo impecable, y nos sacude por dentro con un torbellino de emociones que parece alcanzar hasta el más recóndito de nuestros miedos. Y nos hace otra pregunta más sobre la naturaleza del espejismo que llamamos mundo, abofeteándonos con el hecho de que el ser humano es más que un cerebro racional: el ser humano es emoción encarnada, sentimiento hecho acción y persona. El médico Gabor Maté une su voz a la de muchos otros especialistas que estudian el efecto que tienen las emociones no solo en la manera en la que el cerebro interpreta los estímulos recibidos por medio de nuestros sentidos, sino que también tienen la capacidad de influir en el propio proceso perceptivo. Y nos damos cuenta de lo importante que son las emociones humanas. Si estamos tristes, nuestros ojos perciben la luz de manera diferente. Si estamos contentos, nuestro olfato puede ser más fino.

WandaVision es la narración del duelo de Wanda Maximoff, también conocida como La Bruja Escarlata, articulada en forma de nueve cortos episodios en Disney +. Tras ver morir al amor de su vida, Vision, Wanda ha de enfrentarse una vez más al abrasador dolor y su mejor amiga, la imperiosa soledad, de perder a alguien querido. En un momento de iluminada desesperación, Wanda se rinde ante su dolor y, sin pretenderlo, crea una nueva realidad para sí misma, un pequeño oasis de realidad fabricada en el que poder experimentar una vida soñada. Wanda crea un nuevo mini mundo, y al imponer su espejismo en West View, sus habitantes quedan atrapados, esclavos de la narración del duelo de Wanda.

En esta serie, Wanda es su propio héroe a la par que el villano de otros, desdibujando la clara línea que parece diferenciar a unos de otros, recordándonos que el ser humano puede ser ambas cosas a la vez, y quizá esté condenado a serlo.

Todos vivimos atrapados en el espejismo que llamamos realidad, adjudicando sin saberlo, sin darnos cuenta, valores y lecturas a objetos y personas por igual, sin llegar a conocerlas realmente por lo que son, sino por su funcionalidad para nosotros, sirviendo a nuestro modelo del mundo, confirmando nuestro modelo de verdad y confirmándonos en el error de pensar que lo que vemos, es lo que hay. Quizá, al estar sujetos a esa inescapable invención constante de nuestro cerebro, nosotros también tengamos un poco de «magia caótica» dentro. Quizá todos somos un poco la Bruja Escarlata.

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