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Matías Vallés

al azar

Matías Vallés

Marías, Cline, Gracia, el acierto está en la perspectiva

Admito que otra lectora encontrará a diferentes autores bajo la enseña de la libertad, aunque nunca a demasiados, pero debo limitarme a tres y asombrarme de haberlos rastreado casi simultáneamente. Se trata de Javier Marías con Tomás Nevinson, de la norteamericana Emma Cline con Harvey y de Jordi Gracia con Javier Pradera o el poder de la izquierda. Emprendí los tres libros con cierta desazón, conocedor de las innegables virtudes de sus firmantes respectivos pero temeroso de que incurrieran en el mayor vicio de la literatura y sobre todo del periodismo contemporáneos, el sermón desgarrador.

Se trata pues de joyas por excepcionales, a contracorriente. Tres autores dispares en el estilo y en los géneros abordados señalan el camino para no ser anegados por la alineación ni por esa otra palabra tan parecida. Empezando por el final, comparten el acierto de la perspectiva. Combaten la polarización, porque monopolo equivale a dictadura y es un concepto prohibido por el magnetismo. En medio del griterío con pretensiones de unanimidad, alcanzan una armonía enérgica desde el coraje de que las posiciones dominantes les traigan sin cuidado.

Sobre todo, Marías, Cline y Gracia no se esconden. Los numerosos autores cobardes apilados en las librerías se zafan del conflicto, rehuyendo los asuntos candentes. En cambio, el trío encara los problemas más candentes ahora mismo. Harvey o el último día de libertad en la vida de Harvey Weinstein se enfrenta al #metoo, desde la perspectiva del agresor que buscaba la autosatisfacción y ahora la autoexculpación. La autora no ahorra ni una duda, se zambulle en la controversia mediante un relato con la precisión de un poema, derrota al feroz condicionamiento por su implantación en una comunidad estadounidense devuelta a la adolescencia. Se mantiene incólume.

La voluntad de no dejarse arrastrar por las monsergas está compartida por Tomás Nevinson, una de esas novelas que pueden ganar un Nobel. En 700 páginas sobre los asesinatos de ETA y el IRA hermanados, Marías plantea en realidad la eterna pregunta sobre si hay que matar al joven Hitler, para ahorrarse catástrofes futuras. Nadie espera que el autor muestre condescendencia hacia el terrorismo, pero también evita el santurrón derrame emocional. Incluso traspasa a su protagonista la urticaria que le producen las manifestaciones multitudinarias de condena, por abyecto que sea el crimen. O se interroga sobre los años que deben transcurrir para que una persona sea otra, desligada de la culpa. Sin omitir los latigazos a la ortodoxia para atender al prurito de ser tildado de misógino y casposo, el novelista monumental adopta el filtro aroniano de entender, también el terrorismo y sobre todo el poder cautivador que ha ejercido tanto sobre mentes preclaras como mediocres.

Jordi Gracia se concentra en los mitos de la primera democracia y en el desencanto corrupto del felipismo, a través de la figura de Javier Pradera, el “disco duro de la transición” en el aprecio de Felipe González. En este autor siempre hay que recordar que se trata de su penúltimo libro, porque nadie es capaz de leer a la velocidad a la que escribe. Al igual que sus acompañantes en este artículo, trabaja desde la admiración crítica y la rendición condicional a sus personajes. Ya era hora de que alguien detallara la verdad sobre el lenguaraz Alfonso Guerra desde la izquierda, sin necesidad de incurrir en el vicio simétrico de canonizar a Jorge Semprún en cuanto antagonista del vicepresidente del Gobierno. Con sangre fría, negándose a la tentación del manifiesto, ni el propio biógrafo pretende que su penetración en la figura del editorialista arquetípico de El País suponga una versión definitiva, pero constará entre las más valiosas.

Ajenos al aplauso y al silbido, los tres autores de hoy luchan a la vez contra la impaciencia y la fosilización. Introducen en cada página la cláusula de discrepancia, una concesión crítica que sorprenderá en un escritor tan ensimismado como Marías. El novelista vigila que el marido extrañado de su anterior Berta Isla no se aparte de la senda trazada por su creador. En la misma línea, Cline delinea a la perfección al mogul hollywoodiense a través de su entorno, en un relato con tantos sobretonos que podría publicarse como un reportaje en la auténtica Vanity Fair.

Frente a la abundancia textual de Marías y Gracia, en España sabríamos que el centenar escaso de páginas de Harvey es fruto de la pereza. Al contrario, hay que admirar el esfuerzo de Cline para no desparramar su libro en las cuatrocientas páginas de su anterior Las chicas, dada la extenuante y chispeante documentación que maneja la autora. Habrá intranquilizado a los fanáticos que prefieren resolver las grandes cuestiones de un plumazo, pero sin duda es la mejor confrontación del magnate consigo mismo. Mejora la crónica de Ronan Farrow y el libro de las dos periodistas del New York Times que obtuvieron un Pulitzer por su cobertura del escándalo, Jodi Kantor y Megan Twohey.

Los tres autores comparten “la fundamental virtud de ver lejos”, por citar la cualidad que Gracia atribuye a Pradera. No persiguen el equilibrio, quieren acertar y demuestran con creces que el diamante de la realidad ofrece facetas suficientes para condenar la mentira a la irrelevancia. Participan en sus libros, pero no les imponen su santa voluntad.

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