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Juan Francisco Martín del Castillo

El progre consentido

Cuando le preguntan al “hombre de la casa”, como conocen a Juan Cruz fuera de El País, sobre la figura y personalidad de Javier Pradera no regatea en elogios sobre el que fuese uno de los editorialistas de cabecera del periódico. Habla de su capacidad de trabajo y el esfuerzo realizado durante el tiempo de la transición democrática. Dudo mucho que el veterano periodista haga igual retrato del vástago, Máximo Pradera, que ha intentado en balde seguir la estela del padre. Su personalidad, la del hijo claro, dista mucho de la del reconocido Pradera de los años gloriosos del diario de los progresistas de viejo cuño. Nuestro Pradera, el de ahora, se conduce de una manera que hace pensar que constituye el “progre consentido”, el que se cree más allá del bien y del mal, el que no asume ninguna cortapisa moral a sus actos. No es el único, puesto que le acompañan multitud, pero de él se conocen más noticias que del resto. La última es que ha llamado a hacer causa común en favor de la decapitación de Díaz Ayuso. Literalmente, vomitó en Twitter que había que “coger la macheta del carnicero” para desprender la testa del cuello de la todavía presidenta de Madrid. Muchos pensarán que es una boutade del “niño de la izquierda”, acunado al calor de los pesos pesados de la progresía. Otros, tan hipócritas y cínicos como el propio protagonista, dirán que no hay que dar mayor importancia a las salidas de tono del ínclito. Los menos le reirán la gracia y la apuntarán en el oculto haber de la lucha antifascista. Sin embargo, como a cualquiera, le ha llegado la hora de rendir cuentas en la plaza pública. Porque si hubiese sido otro el que hubiera redactado el exabrupto, quizás un hombre de derechas manifestándose de idéntico modo sobre Irene Montero, pongamos por ejemplo, no sé si hubiera habido un cataclismo mundial de inmediato. Recuerden el caso de Echenique, con su ánimo a la violencia callejera en defensa del irreductible Hasél, o el del casi olvidado concejal del PSOE de Tenerife que decía estar en la política para “follar con todas” las que le fuera posible. Lo común a todos ellos es el factor señalado, el consentimiento: si me han permitido llegar hasta aquí, por qué no ir más allá. El progre consentido, desgraciadamente para él, representa a la perfección la afirmación del Tristram Shandy: “El cuerpo y la inteligencia del hombre son justamente como la ropilla y su forro: si se arruga uno, se arruga también el otro”. Llevan tiempo, tanto Pradera como Echenique, tentándose las vestiduras y, ante el arrugamiento de las mismas, su escasa inteligencia se ve cada vez más mermada. En fin, son las cosas de los progres en vísperas de un gran cambio político en España, que comenzará precisamente en su capital.

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