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Antón Costas

Resurrección pandémica

Resurrección pandémica

Resurrección pandémica

Noto que el tiempo de Pascua me hace más sensible a los efectos humanos de la pandemia. También más proclive a pensar en las consecuencias a largo plazo de una experiencia vital traumática. Quizá por esto pienso en cómo será la resurrección pandémica.

De entre la multitud de impactos que tendrá la pandemia, mi profesión me lleva a interesarme por tres: las consecuencias del sentimiento de vulnerabilidad sobre las políticas públicas; la importancia de la ciencia y la tecnología para afrontar futuras pandemias y hacer compatible la sostenibilidad planetaria con el crecimiento económico, y la necesidad de un nuevo contrato social que reparta mejor los riesgos de las crisis entre individuos, empresas y gobiernos. Cada uno merece una tesis doctoral. Pero permítanme una brevísima reflexión.

El sentimiento de vulnerabilidad ha sido el impacto más inmediato y general, aunque más intenso en las generaciones adultas que en las más jóvenes. ¿Qué hacemos cuando nos sentimos vulnerables? Buscamos protección. Hay tres instituciones que habían sido despreciadas durante las cuatro últimas décadas de cosmopolitismo apátrida y narcisismo individualista que son las candidatas naturales a ofrecer esta protección: la familia, la religión y el Estado. La pandemia cambiará nuestra percepción de la función y la utilidad de esas tres instituciones.

También veremos algunos cambios culturales profundos, entendida la cultura no en sentido artístico sino antropológico: los valores sociales y las virtudes morales que necesitamos para enfrentarnos a la nueva incertidumbre radical. En este terreno, Víctor Lapuente, catedrático de la Universidad de Gotemburgo, acaba de publicar un nuevo libro (Decálogo del buen ciudadano. Como ser mejores personas en un mundo narcisista) en el que hace una profunda, brillante y amena reflexión en este campo.

El segundo impacto es en la percepción sobre la importancia de la ciencia, la tecnología y el conocimiento en general. La ciencia ha sido determinante en el rápido logro de las vacunas. La tecnología se ha mostrado fundamental para fomentar el teletrabajo y, especialmente, para hacer que las administraciones públicas puedan hacer llegar con rapidez las ayudas a los hogares y a las empresas. La demora en las ayudas del nuevo ingreso mínimo vital, de los ERTE y a los autónomos son debidas al retraso digital de nuestras administraciones.

La ciencia, la tecnología y el conocimiento serán también fundamentales frente a las próximas pandemias, incluida la más importante: la del cambio climático. Y también para hacer compatible la sostenibilidad planetaria con el crecimiento económico, sin el cual no habrá justicia social.

El tercer impacto es sobre el contrato social. Las grandes crisis, como las grandes guerras, son acontecimientos que fuerzan a los países a redefinir el contrato social, tanto en el sentido de lo que nos debemos los unos a los otros como de la forma como repartimos el riesgo de las crisis entre las personas, las empresas y el Estado.

Antes de la pandemia, las políticas de recortes de gasto social y vivienda, la hiperglobalización, los algoritmos, las plataformas digitales y el debilitamiento de los sindicatos transfirieron los riesgos desde las empresas y el Estado hacia los individuos.

El covid-19 ha mostrado que el contrato social del Estado de bienestar de posguerra necesita modernizarse y ampliarse a nuevos colectivos. Quizá la mejor evidencia es que, en algunos países ricos, hasta el 60% de los que recibieron ayuda durante la pandemia nunca antes habían recibido pagos de asistencia social. Las clases medias comparten ahora este riesgo.

¿Lo lograremos? Existe una nueva epifanía económica aún poco divulgada que puede ayudar al nuevo contrato social: una sociedad más justa produce un crecimiento más sano, duradero y estable. Esta es la tarea para la resurrección pandémica.

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