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Juan Cruz Ruiz

Testigo de calle

Juan Cruz Ruiz

Periodista

El fantasma de la intimidación amenaza al periodismo

Se cuenta de Iñaki Gabilondo, de los grandes periodistas del último medio siglo, la siguiente anécdota. Había solicitado una entrevista con un ministro de esta democracia y recibió del equipo de comunicación ministerial una solicitud que él respondió presto. El ministro quería que el periodista le mandara de antemano las preguntas, a lo que Gabilondo replicó así: “Que el ministro me mande antes las respuestas”. Es conocida la frase que un anónimo colgó en el twitter más viejo del mundo, la pared. Lo hizo en Quito, Ecuador, y esa frase que luego pasó a la historia como de Joaquín Sabina, Benedetti o Eduardo Galeano es esta: “Cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas”.

El mundo está lleno de servidores públicos que querrían que sólo hubiera respuestas, las suyas, a preguntas que asimismo fueran suyas, o convenientemente amañadas a su favor. Hace años, cuando agonizaba el régimen de Franco, EL DÍA me envió a hacer una crónica de un paseo del entonces ministro de la Vivienda, Vicente Mortes Alfonso, por una de las más castigadas zonas de Santa Cruz de Tenerife. Aquel valenciano era un hombre afable y afectuoso, capaz de salirse del guión de aquella película de horror que fue la dictadura, de modo que se atrevía a decir lo que no estaba prescrito.

Ante el horror de Santa Clara, donde las viviendas eran inframundos que daban vergüenza, Mortes no se pudo contener, y exclamó, ante periodistas y vecinos: “Se me cae la cara de vergüenza”. Era evidente, o debía serlo, que los periodistas recogeríamos esa reacción tan humana y esperable, y de hecho me dispuse yo mismo a cumplir con lo que luego aprendí que era una ley del periodismo, decirle a la gente lo que le pasa a la gente. Debió saberlo el jefe de prensa del ministro, porque a media tarde acudió a la redacción del periódico para pedirle al director que tachara de mi crónica semejante frase. El delegado de prensa del ministro no debió ser acuciado para ello por el propio Mortes por lo que diré inmediatamente. Lo cierto es que, actuando así, el sabueso de lo que dijera en público aquel buen hombre discriminaba entre las posibilidades del periodismo publicado en Madrid y el llevado a cabo en nuestras provincias, pues él no tuvo en cuenta que esa frase ya era titular del vespertino Pueblo, con todas sus letras.

Ernesto Salcedo, director del periódico EL DÍA en aquel momento, mantuvo el titular también destacado, a pesar de que el voluntarioso censor insistió ya al borde del cierre. Aquel voluntarioso funcionario no debía tener la autorización del ministro para ejercer aquella censura, pues al año siguiente, Mortes volvió a la isla, me buscó entre los periodistas y las autoridades y, en público, se congratuló de que aquella expresión de su disgusto fuera primera página también en periódicos de ámbito nacional. Debo decir que yo era también corresponsal de la agencia Europa Press, que en seguida se había hecho eco de la frase de Mortes en el impetuoso servicio que entonces dirigía el admirable Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca.

Esas cosas suceden: siempre hay alguien, en la Administración o en cualquiera de sus afluentes privados o públicos, que no quiere que se diga algo que no le conviene, por la razón que sea, y siempre hay periodismo para irse por otro lado. La frase de Gabilondo es extraordinaria, y viene como anillo al dedo para lo que ahora está sucediendo. Ahora está poniéndose en marcha (si no lo estaba ya en la conciencia atrabiliaria de la política) un fantasma muy dañino no sólo para nuestro oficio sino para la convivencia de la sociedad con la libertad de cumplir con las obligaciones de la información. Ese fantasma es el fantasma de la intimidación, y en este mismo momento están protagonizando ejemplos de esa mala práctica políticos de uno y de otro signo, es decir, de izquierdas y de derechas, con una desvergüenza que merece repudio.

Ocurre con frecuencia desde las distintas confluencias, pero los ejemplos más recientes los protagonizan Pablo Iglesias, de Podemos, y Toni Cantó, de-no-se-sabe-qué-partido. Las víctimas más vistosas, de momento, han sido periodistas-entrevistadores de Televisión Española, de titularidad estatal. La última adquisición (¿provisional?) del Partido Popular fue al programa de la mañana, para someterse a las preguntas de Mónica López. En un momento determinado del rito de las preguntas y las respuestas, el ex de partidos diversos dedicó su esfuerzo de responder a atacar a la periodista con todos los tópicos que usan los políticos para desautorizar las preguntas, como si quisieran reescribir el cuestionario a base de arrinconar a quien tiene delante preguntándole.

Dos días después acudió a la misma silla el exvicepresidente Iglesias, ahora candidato del partido que fundó, y expresó igual tentación: desautorizar sucesivamente las preguntas que no le vinieran bien con el pretexto de que peor era Televisión Española. Los argumentos eran de signo distinto que los utilizados por Cantó, pero el propósito era el mismo: tomar la iniciativa, desviar la atención del telespectador y amedrentar de tal modo a la periodista que hasta la conminó a sonreír como a él le diera la gana.

En otro momento de la semana, la víctima de la plantilla de la televisión del Estado fue Javier Fortes, que dirige La Noche en 24 horas, donde ejerce su función de entrevistador. Entrevistó, en esa tarea que le corresponde, a Serigne Mbaye, candidato de Podemos en la lista que encabeza Iglesias a presidir la Comunidad de Madrid. Fortes fue afectuoso y cordial (lo es siempre, hasta cuando le riñen los exntrevistados o sus equipos. En esta ocasión, ese afecto fue evidente en su manera de mirar y, por tanto, de dirigirse al candidato a diputado, y éste le respondió asimismo con cordialidad y afecto, subrayando incluso las preguntas con el acuerdo de sus ojos, algo que en el periodismo escrito no se ve pero, si tienes buena voluntad, es evidente para los telespectadores. Inmediatamente, como pasó en el caso de Iglesias, portavoces de Podemos (Echenique, Mayoral) acusaron a Fortes de no hacer las preguntas adecuadas o de no hacer adecuadamente las preguntas. Es decir, cuando ya estaban dichas las respuestas vinieron ellos a tachar las preguntas, cuando no habían sido (como en el caso de Iglesias) los seguidores más directos del líder los que reconvinieron al periodista por su modo de ejercer la función que le toca.

Tanto en el caso de Cantó como en el de Iglesias, son mecanismos distintos, pero imperiosos, de tergiversar la función del periodismo y de lanzar sobre quienes lo ejercen una intimidación insoportable contra la que los que defienden el oficio deben actuar inmediatamente porque esa costumbre de tachar, o de censurar, empaña de tal manera la libertad de su ejercicio que un día vendrán, como aquel jefe de prensa del ministro al que iba a entrevistar Iñaki, con las preguntas hechas desde la sede del Gobierno o del partido. El fantasma de la intimidación está en marcha, y de momento su objetivo máximo es Televisión Española. Pero no solo. Atentos.

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