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Javier Durán

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Javier Durán

Periodista

Achicharrarse en Twitter

La alcaldesa de Barcelona Adau Colau acaba de salir por patas de Twitter achicharrada por los insultos, el fanatismo, el personalismo de su actividad y la imposibilidad de atender al avispero desopinativo que se conforma alrededor de una primera edil. Expertos sociales aseguran que lo recomendable es poner en manos de un equipo el trepidante ritmo de participación, con el objetivo de sufrir a efectos de imagen (también de equilibrio mental) el menor daño posible. No deja de ser un parche. Lo ideal es que los políticos abandonen una red social que se ha convertido en un pudridero para la expansión de los homófobos, machistas, fascistas, nacionalismos extremos, maquinistas de cócteles molotov y quemadores de contenedores. Constituye un insulto a la democracia que determinados candidatos o gestores defiendan este abrevadero de piltrafas, con el argumento de que Twitter les conecta con un número de seguidores imposible de alcanzar por cualquier otro medio. Colau ha salido escaldada, pero el ministro Iceta, diana preferente para los francotiradores, se mantiene pese a la lluvia de insultos -mejor no reproducirlos- que recibe. ¿Merece la pena seguir vinculado pese a la fogosidad incendiaria que cae sobre su persona? Entiendo que deben anteponerse los valores, el juicio equilibrado y la ética frente a la ambición de amontonar y amontonar seguidores pese a la cantidad de basura que flota alrededor. La generosidad con la que se acepta la violencia digital no deja ser una gran hipocresía, puesto que se censuran otros ámbitos de la comunicación y se hace la vista gorda con contenidos que en un periódico impreso, sin ir más lejos, provocarían una verdadera catarsis. No es que los activistas de Twitter sean los culpables del vertedero, pero sí hay una cierta complicidad a la hora admitir dichas reglas de juego y creer que todo se soluciona con el criterio de que no todos pertenecen a la misma cloaca. El deterioro progresivo quedó de manifiesto con la gobernanza de Trump a través de Twitter y los esfuerzos de la red social para frenar sus fake. Una demostración del grado de perversidad del instrumento: nada menos que la presidencia de la mayor potencia del mundo desvelando sus movimientos a través de una red social. La marcha de Colau abre el debate sobre la legitimidad o no de apoyar este modelo, que, precisamente, viene como anillo al dedo para ocultar carencias programáticas o explicaciones políticas.

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