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Alfonso González Jerez

Exilios externos e internos

Ayer Iñaki Lavandera, diputado socialista en el Parlamento de Canarias, abandonó por un instante su habitual tono de eficiente empleado de oficina de pompas fúnebres y aludió maliciosamente –y sin venir a cuento con la materia sobre la que divagaba– al senador Fernando Clavijo como “exiliado judicial”. Ningún diputado socialista encarna mejor que Lavandera ese infinito cansancio a la hora de descalificar al adversario político, como si fuera un sacrificio que se ha impuesto a sí mismo para la salvación de su alma, ya que no pudo salvar esa consejería que se tenía prometida. ¿Por qué la oposición es tan tonta, tan ignorante y, sobre todo, tan malvada, tan ruin, tan extraviada del amor de Dios? Son preguntas que ni siquiera un experimentado exorcista de CC como Lavandera puede responder.

Lo que ocurre es que esas ocurrencias –perfectamente normales en la práctica parlamentaria– rechinan cuando se habla de exiliados. Sin duda su señoría, como, seamos generosos, el resto de la Cámara, conoce la expresión exilio interior: fue una situación dolorida, desgarrada y a menudo menesterosa en la que penaron durante muchos años académicos, intelectuales y artistas filorrepublicanos que se quedaron en la España franquista. Fernando Clavijo no está procesado judicialmente ni pesa sobre él acusación alguna. En cambio el Gobierno autonómico ha nombrado, hace apenas un par de semanas, a Blas Acosta –expresidente del Cabildo de Fuerteventura– viceconsejero de Economía, y el señor Acosta está esperando la apertura de juicio oral bajo la acusación por parte de la Fiscalía de haber cometido (presuntamente) graves delitos. Blas Acosta, pudiera entenderlo así Lavandera, es un exiliado interior. Muy interior. Metido hasta el corvejón. El Salvador Espriú de la socialdemocracia macaronésica. Hace falta Lavandera, efectivamente, para ensuciar al adversario político y blanquear al colega problemático en un solo centrifugado.

La mención al exilio de su señoría, en realidad, tuvo su inspiración en el día anterior, cuando el vicepresidente y consejero de Hacienda, Román Rodríguez, reprochó igualmente a Clavijo que no estuviera ahí, en el pleno parlamentario, defendiendo sus posiciones, y en cambio hubiera optado por largarse a Madrid. Pero qué cosas. Rodríguez, que siempre se ha adelantado a todo el mundo, también lo hizo en este asunto: él huyó a Madrid antes. En 2003 Román Rodríguez fue elegido diputado de Coalición Canaria en la circunscripción de Gran Canaria. La dirección coalicionera incumplió flagrante y torpemente el acuerdo que establecía que la Presidencia sería para Adán Martín y la Vicepresidencia para él. No soportó el desaire. Podía haber dimitido o podía haberse quedado en la Cámara regional para defender sus posiciones. No hizo ni una cosa ni otra. Prefirió el exilio. Decidió presentarse (de nuevo) bajo las siglas de CC al Congreso de los Diputados en las elecciones generales de 2004 para, al año siguiente, anunciar la creación de un nuevo partido y romper el pequeño grupo parlamentario que integraba con Paulino Rivero y Luis Mardones en la Cámara Baja. Sin duda era mucho más glamuroso y soportable el grupo mixto en Madrid que el grupo mixto del Parlamento canario, bajo las miradas de sus compañeros y las sonrisas burlonas de José Manuel Soria.

Rodríguez hizo muy poco en el Congreso de los Diputados, precisamente porque solo fue una meta volante en su huida (perfectamente legítima, aunque ferozmente personal) a una nueva aventura política. En 2007 preparó su marcha al Cabildo de Gran Canaria. Este zigzagueo no es básicamente reprochable, pero tal vez aconsejaría menos vehemencia al referirse a opciones, estrategias o escapadas ajenas.

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