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Desirée González Concepción

Renovando los pecados capitales

Miembro de la generación del 98, Miguel de Unamuno, escritor y filósofo, ya refería que “el progreso consiste en renovarse”. Más tarde, nace el dicho popular “renovarse o morir”, que forma ya parte del refranero popular. Hoy en día, este aforismo se aplica a campos como la ciencia, la educación, la tecnología, la economía, la política y sobre todo la sanidad. Se asocia a innovación, a evolución… Realmente, ¿qué es la vida sin cambio?

Investigando sobre los pecados capitales, encuentro que datan del s. IV. Formulados en un principio por el monje asceta Evagrio Póntico, fueron modificados por el sacerdote rumano Juan Casiano y oficializados finalmente por el Papa Gregorio Magno en el año 590. Buscaban la perfección moral y espiritual entre la población. Las pasiones pecaminosas enunciadas en aquella época son aún conocidas por todos los mortales: lujuría, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Sin embargo, dudo mucho que sigan vigentes de la misma forma en la sociedad actual. Después de más de un milenio, como mínimo, sería cuestión de actualizarlas y ofrecer un enfoque algo más contemporáneo. Además me atrevería a conferir una nueva concepción de la idea de pecado. Mientras que para la Iglesia el pecado se vincula a la violación voluntaria de la ley divina, para la sociedad en general, el pecado estaría relacionado con todo lo que se aparta de lo correcto. Por supuesto, definición que no deja de ser sumamente subjetiva.

Pienso que el vocablo “pecado” quedó obsoleto años atrás, atrapado quizá en el diccionario eclesiástico. Nadie se refiere a ellos, nadie teme “pecar” y mucho menos ir al infierno. Se me ocurre citar una nueva recopilación de “vicios”, los llamaría más bien “sombras o miserias humanas”. No pueden designarse como pecados porque muchas veces son involuntarios y además la persona que actúa de dicha manera, la mayor parte de las veces cree estar en lo cierto.

“Lo esencial es invisible a los ojos “( Antoine de Saint- Exupéry)

La lujuria y la gula las denominaría ahora, “superficialidad”. Considero que se trata de un término más amplio y además más cercano. Superficialidad entendida como ausencia de contenido. Ante ese vacío que nos invade, la comida, los placeres sexuales, lo material… actúan como narcóticos para calmar ese dolor. Como toda adicción, con el tiempo será necesario subir la dosis para encontrar la misma satisfacción. Esta especie de frivolidad tiene mucho que ver con la falta de conexión profunda con nosotros mismos y por supuesto con los otros. Al quedarnos en la superficie, nos decantamos por aparentar aquello que no somos y nos gustaría ser. Entonces nos inclinamos por consumir y nos convertirnos en meros espectadores de las vidas ajenas.

“El desapego no es que no debas poseer nada. Es que nada te posea a ti “

( Alí Ibn Abi Tálib)

La avaricia estaría muy relacionada con el término “apego”. Esta afición de adquirir o conservar riquezas de forma exagerada indica sufrimiento. Nos apegamos a las cosas, a los lugares, a las personas,… Este afán por acumular nos ofrece una seguridad pasajera, por supuesto, hasta que llega la posible pérdida y comenzamos a padecer. Podríamos decir que esta “patología” nos reduce a una especie de mendigos emocionales, entendiendo que “lo de fuera” nos dará la felicidad. Por ende, nos aferramos sobre todo a las personas y lo llamamos erróneamente amor.

“La ciencia puede haber encontrado una cura para la mayoría de los males, pero no ha encontrado remedio para el peor de todos: la apatía” ( Helen Keller)

La pereza actualmente la llamaría “apatía”. Mientras la persona perezosa es aquella que realiza sus acciones con descuido o tardanza, la persona apática se muestra indiferente, muestra dejadez. Digamos que cuando padecemos de apatía, nuestra energía es aún menor que cuando nos mostramos perezosos. El apático se deja llevar, sigue la inercia de los otros. En este estado de desidia, el desinterés es generalizado. Todos habremos escuchado en nuestros puestos de trabajo o en nuestras relaciones personales, aquella frase de “lo que tú quieras”. Aunque, a priori, pareciera una frase proclamada desde la comprensión, denota una increíble falta de iniciativa y, en general, suele irritar al interlocutor. El apático ve la vida pasar, no construye…

“La vida comienza donde termina el miedo” ( Osho)

La ira no es sino un simple reflejo del “miedo”. Resulta evidente que el enfado es necesario, debemos manifestar aquello con lo que no estamos de acuerdo, debemos marcar nuestros límites y por supuesto expresar nuestras necesidades. Normalmente cuando reprimimos los enfados, aparece la ira. La persona iracunda desarrolla un enojo casi constante y una furia desmedida, que puede surgir en cualquier momento sin venir a cuento. Detrás de esa emoción desorbitada, se encuentra un profundo miedo. Miedo a perder la autoridad, miedo a no cumplir las expectativas, miedo a sentirse vulnerables ante el otro. Los gritos, los insultos, incluso la agresión física son las únicas armas que conoce la persona iracunda para hacerse con la razón. Esta actitud apunta hacia una tremenda falta de aceptación ante la situación vivida. Asumir la realidad con una actitud estoica, evitaría muchos de nuestros miedos.

“Cuando el ego muere, el alma despierta” ( Mahatma Gandhi )

La envidia y la soberbia estarían muy vinculadas al “egocentrismo”. Las personas codiciosas y las personas arrogantes no soportan el éxito de los demás, las calificaría como personas egoístas. Mal generalizado del s. XXI, el egocentrismo es un veneno que invade a buena parte de la población. Población que observa su ombligo, que engrosa su ego, que se percibe como centro del universo y que se muestra insensible ante las calamidades ajenas. Desde esta corta perspectiva, sobra decir que las relaciones cultivadas no podrán ser sanas. Entonces, los contactos con los otros tendrán como único objetivo la obtención de beneficios. Existe antídoto para combatir esta afección, la conocemos como empatía y no presenta efectos adversos. Al salir de uno mismo y mirar con los ojos del otro, no buscamos ganancias. Pero, no cabe duda que al mostrarnos comprensivos y compasivos con los demás, obtendremos una mayor recompensa; nuestras relaciones personales comenzarán a fluir y nuestro ego se diluirá en favor del ser.

Una vez cubiertos los pecados convencionales añadiría otras debilidades que creo azotan constantemente a estas nuevas generaciones.

“¿Por qué aguardas con impaciencia las cosas? Si son inútiles para tu vida, inútil es también aguardarlas. Si son necesarias, ellas vendrán y vendrán a tiempo” ( Amado Nervo )

La “impaciencia” es uno de los mayores defectos que impera en esta cultura de inmediatez. No disfrutamos del ahora, pero paradójicamente, todo debe ser “ya”. Vivimos por y para lo que vendrá; esperamos con ansia el fin de semana, el verano, las vacaciones,... Todo se mueve demasiado aprisa; las compras por internet, las relaciones efímeras, los anuncios muy visuales, las redes sociales… Apenas se disfruta del tiempo presente, vivimos acelerados a la búsqueda de nuevas experiencias. Sin embargo el tiempo pasa inexorablemente y… no vuelve.

“No seas perfeccionista. El perfeccionismo es una maldición“

( Fritz Perls)

La “autoexigencia” sería otra gran flaqueza de nuestra especie. Pienso que afecta en mayor proporción a las mujeres y tiene que ver con el exceso de perfeccionismo. Está claro que tiempo atrás estaríamos hablando de una fortaleza, pero hoy en día la persona autoexigente suele entrar en un bucle de autodestrucción. Es imposible brillar en todo lo que emprendamos, no es posible que nos exijamos tanto... Vendría bien que nos recordaran a menudo aquello de “menos es más”. Por supuesto, aceptar nuestras limitaciones, que nos hacen humanos, también resulta fundamental. Sin duda introduciría aquí un concepto aún poco conocido, la cultura del autocuidado. Solo dedicándonos tiempo para cuidarnos y descansar, tendremos la capacidad de brindar lo mejor de nosotros en todos aquellos proyectos que abordemos.

“La religión de todas las personas debería ser la de creer en sí mismos” ( Jiddu Krishnamurti)

Bueno, en mi opinión, todas estas “imperfecciones” del ser humano derivan de la misma raíz, se resumen en una única “lacra” muy frecuente. No obstante, existe esperanza, todas estas rarezas tan comunes se pueden superar. Hablo de fortalecer el amor propio, ya que carecer de autoestima es el origen de muchos de nuestros males. La persona con baja autoestima normalmente intenta vivir para impresionar al otro, suele apegarse a las personas aunque no la traten adecuadamente, en ocasiones se muestran apáticas y miedosas, como no, suelen centrarse en “su pobrecito yo”. Otras son autoexigentes, en un intento desmedido de reconocimiento, de que los demás aprueben sus actos. Finalmente, la mayoría de las personas con la autoestima “tocada” se muestra impaciente, siendo ellas conscientes de que se les escapa la vida y no consiguen alcanzarla… rezan para que llegue ese “milagro” que les haga felices para siempre.

Creo profundamente que, contemplando la vida desde la creencia absoluta de que cada ser es único y valioso, favoreciendo la eliminación de la culpa, empatizando y usando la aceptación como bandera… regresará el amor de nuestras vidas: nosotros mismos.

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