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Myriam Z. Albéniz

Desde la sala

Myriam Z. Albéniz

Infierno en la playa

A medida que se acerca el ansiado fin de semana, miles de santacruceros sueñan con escaparse unas horas a alguna de las playas del municipio, preferiblemente la de Las Teresitas, a pesar de que la criticable gestión de los políticos isleños ha condenado a este maravilloso enclave natural a la penosa situación en la que se encuentra y que, salvo milagro, tiene visos de eternizarse. Como ocurre año tras año, con la inminente llegada del buen tiempo se producen unos monumentales atascos, por más que se advierta a los futuros bañistas de las medidas necesarias y oportunas para garantizar la fluidez de la circulación de los vehículos que acceden al recinto playero, entre las que a veces se halla el cierre de la entrada al mismo en cuanto se completan sus plazas de aparcamiento. 

Recuerdo que, en su momento, la alternativa ofrecida por la autoridad competente pasaba por utilizar la guagua y aplicar descuentos a aquellos usuarios que dejaran sus coches en el Intercambiador, de tal manera que quienes optasen por esa alternativa podrían llegar al ansiado destino sin necesidad de madrugar y, además, evitarían una más que probable lipotimia colectiva, resultante de pasar una eternidad atascados dentro de un horno de cuatro ruedas para recorrer la distancia existente entre Valleseco y San Andrés.

Pero, como el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, al sábado le sigue el domingo y, con él, otra nueva posibilidad de cometer un error similar al de la víspera. Así que, como quiera que la apuesta por el transporte público sigue siendo una quimera, los conductores emprenden volante en mano la paradisíaca ruta que atraviesa el Parque Rural de Anaga.  Cambian la arena blanca por la negra y el palmeral por los roques para, decenas de curvas después, vislumbrar en lontananza la espectacular belleza de Almáciga, persuadidos de que la jornada dominical resultará inolvidable. Y seguramente acertarán porque, a juzgar por las imágenes que proliferan en medios de comunicación y redes sociales, a ambos lados de la carretera se continúan alineando decenas de utilitarios y camionetas que obstaculizan el tránsito, formando una especie de campamento espontáneo colonizado por decenas de individuos incapaces de adaptarse a unas mínimas normas de convivencia y que se dedican a atemorizar a cualquier vecino o forastero que ose censurar su permanente burla a la legalidad, amparados en que no existe ninguna señal que les impida montar sus chiringuitos en los arcenes. 

No sé cómo será ahora, pero recuerdo perfectamente cómo era antes, porque lo comprobé una vez en mis propias carnes. La única vez, naturalmente. La espeluznante visión incluía a un gritón de aspecto disuasorio, poseedor de una furgoneta con toldo multiusos a cuyo amparo se amontonaban la colchoneta para siestas diurnas y sueños nocturnos, un infiernillo donde calentar los ranchos correspondientes, una cuerda atada a dos varillas para colgar bañadores y vestimentas varias, un reproductor de música estridente y un barreño para poner la vajilla en remojo. Ni el mismísimo Dante hubiera imaginado un averno más estremecedor, a no ser que, huyendo de los perros peligrosos sin bozal cuyos dueños presumen de ser los amos de la naturaleza, se hubiera aventurado también a acercarse a la orilla del océano sorteando los excrementos humanos que adornaban el sendero. Yo pensaba hasta que, si aquel escenario hubiera variado sustancialmente, algún alma caritativa de entre mis amigos y conocidos me informaría, por aquello de reconsiderar mi postura. Pero, después de ver las recientes imágenes de prensa, a mí no me pillarán por esos lares. Más lo siento por los vecinos, comerciantes y hosteleros de la zona, que no se merecen semejante maltrato. Es increíble que nuestros representantes sean incapaces de arbitrar una solución para que estos lamentables escenarios no se reproduzcan temporada tras temporada, habida cuenta el grave riesgo que comportan. Lástima de Reserva Mundial de la Biosfera.

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