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Sabina Urraca

OPINIÓN

Sabina Urraca

Un justo milagro

Mientras editaba Panza de burro, le dije a Andrea varias veces: “Este libro va a ser un bombazo absoluto”. Porque a mí misma me costaba creer la suerte de encontrarme con semejante tesoro entre las manos y porque ella a ratos, inmersa en la zozobra inevitable de la escritora que no sabe muy bien qué destino vivirá lo que está escribiendo, agarraba fuerte ese asidero que yo le ofrecía. Sin embargo, como editora, a veces sentía miedo. No del libro, en el que siempre creí ciegamente, sino del mundo editorial. El mercado del libro, los medios, los lectores, son muchas veces tremendamente injustos, azarosos, aleatorios. Soy muy consciente de que hay auténticas joyas que pasan desapercibidas, así como obras mediocres que son aplaudidas a rabiar. Tampoco merece la pena hacerse la sangre con esto. Es así y punto. A los libros les pasa como al destino vital: toda suerte está sujeta a encontrarse en el lugar adecuado, en el momento adecuado, con las personas adecuadas. Incluso maravillas literarias y talentos tan incontestables como el de Lucia Berlin, por poner un ejemplo particularmente desgarrador, han sido olvidados durante años hasta que alguien ha dicho “oye, esto es increíble” y lo ha colocado en el lugar que merecía. Lástima que ese “oye, esto es increíble” suceda a veces de forma póstuma, sin que la autora haya podido vivir el éxito. Y ahí se colocaba mi miedo ocasional: ¿Y si la magia oscura que estaba brotando del cerebro y los dedos tecleadores de la que a mí me estaba pareciendo una genia absoluta no era percibida de la misma forma por el gran público? Entre el convencimiento de que Panza de burro no podía no ser un éxito total, a veces aparecía esa veta de miedo anticipado: la posible decepción con un mundo al que se le pasase desapercibido algo que a mí me parecía buenísimo, colosal.

Y es eso, entre otras cosas, lo que me alegra infinitamente del éxito arrollador de Panza de burro: el que el mundo editorial y, lo que es más importante, los lectores, hayan sabido ver su brillo, apreciar su oscuridad y su luz, dejarse intoxicar lentamente por ese veneno riquísimo que brota de las páginas del libro. En que el milagro, un milagro justo y merecido, se haya obrado. “Ya se me quedaron dentro esas dos niñas pa toda la puta vida”, me dijo mi padre, una de las primeras personas que lo leyó cuando salió a la venta, cuando lo terminó. Yo junté las manos, rezándole a nosequién. Y deseé con todas mis fuerzas lo mismo que deseaba mientras pulíamos el libro, cuando le sugería a Andrea eliminar una frase para que la siguiente brillara más, cuando sentía que le daba la manita a las protagonistas para ayudarlas a cruzar el canal lleno de piñas de los pinos de arriba. Que a todo el mundo que abriese Panza de burro se le quedasen ya dentro esas dos niñas pa toda la puta vida.

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