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Alfonso González Jerez

Pecios dominicales

Ganará Isabel Díaz Ayuso y su PP –que será el PP del futuro, trumpista, cañero y cañí – porque tiene perfectamente definidas las mentiras e insensateces que venden a los electores como mercancía sentimental. Las izquierdas, en cambio, quieren ser a la vez reformistas y revolucionarias, transformadoras y moderadas, realistas y soñadoras, madrileñas y universalistas, mesocráticas y obreristas. Las izquierdas pueden ser convincentes para sus pequeñas parroquias, pero no vertebran un proyecto alternativo verosímil. Las izquierdas (y no solo en Madrid) están a punto de perder, cuestión de pocos años, la batalla cultural y los apriorismos ideológicos que ella misma se empeñó en reactivar imprudentemente en los años del zapaterismo y que el PSOE agita, sigue agitando, no por convicción democrática, sino como estratagema político- electoral. Ah, la vieja borrachera de tener la razón y su horrible resaca: el vómito de la realidad. El que solo tiene razón termina siempre por perderla.

El apasionante culebrón de Javier Abreu hace temblar los verodes. A ver cuando se ponen con la versión de Neflix, si no la está haciendo ya con sus propios guionistas. Le pegas una trompada a Javier Cámara entre los ojos y puede hacer un Abreu convincente. El exteniente alcalde de La Laguna ha hecho una denuncia sutil como un estriptís en El Hotelito. Primero lo insinúo en twitter. Luego lo digo abiertamente pero sin precisar una palabra. Después confirmó que la cosa (comentan que puede ser una cosa propia de John Carpenter) ya estaba en los juzgados Supongo que forma parte de su estrategia de comunicación. Pero además de poner los hechos en conocimiento de la Fiscalía o interponer una demanda – que no se sabe lo que ha hecho exactamente – quizás Abreu debería defender su propia decisión y concretar los supuestos desafueros. Ya no es un representante político pero afirma actuar por responsabilidad, y esa responsabilidad incluye informar pública, y no solo judicialmente, sobre los hechos denunciados, en especial si los considera de gravedad. Lo demás parece más el making off de una denuncia que una denuncia propiamente dicha. Ya les digo, muy Netflix todo, entre Black List y House of cards. De vez en cuando Abreu mira fijamente a la cámara y murmura: “Me van a soñar, malnacidos”. Y eso que la cámara aún está desenchufada. Los críticos mejor informados dudan que los personajes queden vivos para una segunda temporada.

Ahora mismo la sociedad necesita iconografiar instantáneamente productos y personas para apropiárselos como imágenes, metáforas o fragmentos de un relato propio vinculado a sus intereses, sus causas, sus manías. Por supuesto que le ha ocurrido a Andrea Abreu, la autora de esa magnífica primera novela, Panza de burro. Lo que más me gusta de la novela no es que “rescate” vocabulario popular canario, eso se puede hacer en un diccionario, sino que esas palabras forman parte del relato y del alma misma de los personajes como una música que los envuelve y traspasa y vivifica, y eso solo es posible gracias a un talento narrativo indiscutible y un oído muy inteligente. Pero eso no basta a los adoradores, que cuando Abreu publica un artículo en El País – donde ya no cuenta, sino opina – se pasman porque la escritora afirma que Canarias no es un paraíso, y sus fans más ardientes sucumban ante el mediterráneo obviando una tradición literaria insular de varios siglos que destruye, reformula, matiza, rechaza o critica esa mitologización de las islas. No, no es un paraíso. Ni nosotros buenos salvaje roussonianos.

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