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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Identidad y turismo

Me ha sorprendido mucho haber recibido mensajes y recados por lo que escribí sobre el artículo de Andrea Abreu en El País. Desde los que hablaban de un pollavieja agónicamente celoso hasta aquellos que, más caritativamente, me transmitían que no me había enterado de nada. “Es imposible entender un texto tan bonito sin emocionarme”, me reprocha una lectura. Igual, es cierto, tengo serias reservas sobre los textos bonitos. A un servidor, que disfrutó mucho de Panza de burro y espera con cierta avidez el próximo libro de Rivero, el artículo le pareció bien escrito e inane. En todo caso lo que más me ha sorprendido es el preocupante entusiasmo con que fue recibido por muchos. Es preocupante porque la queja que denuncia que Canarias no es un paraíso es tan vieja como la imagen exótico-turística de Canarias como paraíso. Casi una pequeña tradición isleña en el último siglo y medio.

Lo mejor de nuestra literatura –y de nuestro periodismo– siempre ha examinado crítica, irónica o burlescamente esa imagen paradisiaca de Canarias que hunde sus raíces en la mitología europea pero que ha mutado con otras aportaciones e instrumentalizaciones. Mira que hay donde elegir. Escritores (y periodistas) isleños que han puesto en cuestión esa carnavalización identitaria, a veces, por desgracia, apelando a otra identidad colectiva, la entera y verdadera, pero obviamente tan artificiosa como cualquiera. Y otras veces simplemente rechazando la mitologización, cuyo último estadio es, precisamente, la imagen comercial del turismo como un lugar bello y hermoso, irrepetible pero infinitamente disfrutable, con un patrimonio único y desprovisto de las molestas contradicciones del lugar de origen. Como todas las imágenes turísticas del mundo. Se vende a Canarias como excepción paradisiaca, pero todos los destinos turísticos son por definición edénicos. Los que no son paraísos naturales lo son culturales, gastronómicos o deportivos como Nueva York, Londres o Barcelona.

El turismo es un fenómeno más complejo económica y culturalmente que lo que admiten sus detractores. Sin duda ha abundado la explotación laboral en el turismo canario, controlado por capital foráneo y demasiadas veces un peligroso depredador del territorio, pero sachar papas, recoger tomates o cargar piñas de plátano no son tareas más descansadas ni ergonómicas que trabajar en un hotel. Me fascina la desmemoria sobre la miseria en la que estaba instalada Canarias hasta avanzados los años sesenta del siglo pasado. Los déficits sanitarios, educativos y asistenciales que se arrastraban aun en 1975. En esa fecha no había en el Sur de Tenerife ni un miserable dispensario y el padre de un amigo de los altos de Arona falleció en la autopista por una apendicitis antes de llegar a Santa Cruz. Hemos olvidado rápidamente lo que era Canarias hace cuarenta años. La mejor crítica cultural (desde la antropología) del fenómeno turístico y su rol en nuestra jaula identitaria se la debemos a Fernando Estévez, que murió hace apenas un lustro y al que conviene leer y releer para deshacernos de nuestras ingenuidades, incluida la de una identidad auténtica, inalienable e incontrovertible. No existe. Es una fantasía bajo esa panza de burro que somos nosotros mismos. El mago y el guanche –siempre victimizados– son creaciones del canario como encarnación de la canariedad el primero y esencia atávica del isleño el segundo: elementos de legimitación política y a la vez (nos advierte Estévez) productos étnicos de consumo para el turista. Para aclarar que no somos un paraíso y construir democráticamente un país más próspero, más justo y viable deberíamos preocuparnos más sobre lo que hacemos (o no) y obsesionarnos menos con lo que somos. Aunque parezca bonito.

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