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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

El precipicio

Recuerdo que un egregio colega repetía una y otra vez, hasta hace apenas unos meses, que Vox no era una organización política de ultraderecha. Era otra cosa: populismo, neoconservadurismo, trumpismo aguado en anís del mono, una nostalgia vacía de contenido del franquismo desarrollista, pero no ultraderecha. Sinceramente me pasmaba mucho. Me sigue pasmando. Porque no es que apesten a ultraderecha: es que se hieden exactamente a lo que son. El cartel electoral voxista viralizado ayer, un cartel repugnante y mendaz, donde se contraponía el supuesto coste para las arcas públicas de un menor inmigrante con lo que gana una jubilada española, creo que deja perfectamente las cosas claras de una vez. Son una fuerza ultraderechista tan convencional como pugnaz. Esa idiotez supuestamente hermenéutica, según la cual “no existen más de tres millones y medios de fascistas en España”, no tiene un puñetero pase. En octubre de 1982 tampoco había diez millones de socialdemócratas en este país.

Puede que despiste la triple alma de Vox. La dramaturgia militarista y más patriótica, una grande y libre corresponde a Ortega Smith, un abogado al que le gusta pegar tiros, disfrutar de desfiles y uniformes multiformes y jurar bandera cada vez que puede. El segundo sector lo representa el matrimonio Iván Espinosa de los Monteros y Rocío Monasterio, candidata ahora a la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Pijerío, elitismo, pasta, grandes despachos profesionales, bendiciones papales. Lo mejor es bajar impuestos y el rico es rico porque o se lo ha ganado o se lo ganaron sus padres. En todo caso los ricos se merecen serlo al igual que los más pobres se han currado su miseria. Defienden posturas que las izquierdas iletradas definen como “neoliberales”. Y finalmente está Santiago Abascal, que integra (aproximadamente) las corrientes interiores en una exaltación mesocrática a la que urge la integridad de España, el respeto a las tradiciones y las identidades conservadoras y paz, trabajo y pan para todos salvo para los que vengan de afuera. Que todo el mundo alguna vez haya venido de afuera es indiferente. ¿Esta gente podría gobernar con la Constitución de 1978? En principio sí. Más adelante ya veremos. ¿Son fascistas en los lugares donde gobierna con el PP o lo deja gobernar? Por supuesto que no. Si lo fueran no podrían estar en el Gobierno; si lo fueran no apoyarían al PP, y lo hacen porque su amplia base electoral no tolerarían que gobernase el PSOE por culpa u omisión de Abascal y compañía: autoritarios, antiliberales, xenófobos, nacionalcatólicos, misóginos.

Lo que se me antoja alarmante es que mucha gente que me parece respetable, a veces incluso admirable, esté dispuesta a votar a Vox en Madrid o votar a la candidata del PP y celebrar un pacto entre los conservadores y la ultraderecha. Lo que me horroriza comprobar es que el odio ideológico hacia el PSOE y Podemos –y no solo la mala o fantasiosa gestión de Pedro Sánchez y su gobierno – convierta a Isabel Díaz Ayuso en una opción razonable para decenas de miles de personas que quieren deslizarse por cualquier precipicio si así consiguen derrotar al objeto de su cólera irreprimible. En la Alemania de los años treinta muchos cientos de miles de ciudadanos, ciudadanos que estaban a punto de dejar de serlo, ciudadanos indignados o asustados por la amenaza (más imaginaria que posible) de una revolución comunista corrieron a votar a Hitler. Cualquier cosa menos los socialistas y comunistas en el poder, cualquier cosa antes de los desórdenes callejeros, la inflación disparatada, la continuidad de las hambruna y el hundimiento de nuestra vida cotidiana. Cualquier cosa.

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