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Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

Breverías 87

Con esto de la pandemia se ha acostumbrado uno hasta tal punto a llevar el bozal, que no me extrañé al oír el otro día el siguiente comentario: ”¡Ah, perdona, es que no te había reconocido sin la mascarilla!”.

En el tema de las vacunas anticovid me han sorprendido las pretensiones de ciertas gentes en el rechazo a cualquier presunto efecto secundario del medicamento. ¿O es que nunca se han leído los prospectos informativos que acompañan a los más inocuos medicamentos? En unas líneas se despachan los principios activos de los mismos, sus presuntos beneficios para la salud, y la posología aconsejada. El resto de las dos páginas sobre el específico se dedican a describir prolijamente todos los efectos secundarios posibles, desde mareos y diarreas hasta muerte fulminante, eludiendo así el fabricante su responsabilidad de cualquier secuela habida o por haber que pudiera sobrevenir, por improbable y si me apuran imposible que pudiera manifestarse.

Es tal la exigencia de algunos a los beneficios de las vacunas, que tras recibir la inyección asumen haber sido inoculados contra la muerte y hasta sus secuelas.

No deja de sorprenderme cómo algunos infantes de padres primerizos consiguen educar a sus progenitores en el uso de su jerga infantiloide. No hace mucho tuve oportunidad de visitar a una pareja entusiasmada con las proezas idiomáticas de su vástago en sus primeros escarceos lingüisticos. “Enriquito ya sabe lo que es un coche. Fíjate que la criaturita los llama “cacás”. . Y así, embelesados, “cacá” para arriba y “cacá” para abajo. Hasta que cogí aparte a Enriquito y en pocos minutos le enseñé a pronunciar la palabra “coche”. No me fue difícil que el niño hablara con propiedad, aprendiendo a articular coche. ¡Aunque me temo que no me va a ser igual de fácil conseguir desaprender a los padres, para que se olviden del “cacá”!

Los que tenemos cierta edad todavía recordamos en los tebeos del pasado las emocionantes tiras del flemático detective Dick Tracy. Su inconfundible seña de identidad era su gabardina, tan consustancial como lo eran por ejemplo las mallas y el antifaz para el hombre enmascarado. Pero el definitivo gadget que lo identificaba era sin duda su asombroso reloj de pulsera, un mágico adminículo por el que podía comunicarse a distancia, como si de un teléfono se tratara, capaz hasta de inverosímiles videollamadas.

Con lo que cobra renovada fuerza la cita del escritor de ciencia ficción Arthur Clarke: “La magia es sólo ciencia que no entendemos aún”.

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