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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Felicidad turística

Sin temor a equivocarse, algo que en sí mismo ya es una temeridad, la ministra Reyes Maroto anima a los decaídos españoles a empezar a planificar sus vacaciones de cara al verano al dar por hecho que el fin del estado de alarma -el 9 de mayo- va a ser pistoletazo de salida de la era poscovid. El año pasado muchos se emborracharon de optimismo y se lanzaron a hacer reservas on line que acabaron en el basurero del big data, por lo que con toda seguridad volverán a ser rescatados por el analiytics, que los avisará para animarlos a una segunda oportunidad. Ya dice el artista Daniel G. Andújar que gozamos de la doble condición de “vigilados y vigilantes”.

La responsable del retorno a la felicidad turística en este país alberga la ilusión de ver de nuevo a los turistas corriendo como conejos para ocupar con la toalla la hamaca de la piscina, imagen de bonanza terciaria irremplazable. O ver los chorretes de los cócteles descender por las uniones de las baldosas, como señal inequívoca de un lleno total de alto voltaje etílico, consumo a destajo del todo incluido, cena pantagruélica, modorra en la cama balinesa con o sin sexo y excursión con vehículo a motor por caminos donde el polvo cae sobre el cuerpo bronceado para formar una pasta desagradable. Todo lo que antes resultaba insoportable y hasta una ordinariez deviene ahora en objeto de deseo. Estamos abiertos a un Sodoma y Gomorra que devuelva la vida a resorts y hoteles temáticos hundidos en un silencio siniestro desde hace meses.

Voy a seguir la recomendación de Reyes Maroto, que ve en un plazo cercano una España por la que avanza el flujo turístico sin tapones de ningún tipo. Con las zonas de facturación de los aeropuertos sobresaturadas de viajeros y maletas, con los paneles informativos echando fuego con los anuncios de las llegadas y salidas y con cientos de operadores que esperan con los carteles a sus clientes para trasladarlos al punto de destino. Son imágenes que han desaparecido de la faz de la tierra y que esperan salir de la guarida como perros salvajes. Los datos de movimientos de pasajeros, la mina de oro, volverá a brillar con cifras multimillonarias que devolverán la energía electrizante al mercado, oxigenado con nuevos contratos y proyectos que habían enmudecido envueltos en la telaraña de la pandemia.

Somos inseparables del turismo y del impenitente sol que lo estimula. Hemos puesto nuestra abrupta orografía en sus manos para salir de la pobreza, en una relación amor-odio que conforma la raíz contemporánea de lo canario. La mancha de la masa ha alterado el urbanismo, dañado el orden natural, fomentado un monocultivo insaciable, acelerado movimientos especulativos nativos y foráneos, pero la pandemia ha puesto de manifiesto que no podemos sobrevivir sin él, que su caída en picado no sólo provoca una quiebra laboral ingobernable, sino que el cero turístico pone en peligro el estado del bienestar de los canarios por su efecto en el capítulo de la recaudación de impuestos.

Igual que la resurrección que empieza a crecer poco a poco bajo las duras posguerras, sombrillas y hamacas volverán a formar ese paisaje uniforme que en el Archipiélago es el símbolo de la riqueza. Nada es seguro, pero hace unos meses la certidumbre no dejaba de ser una migaja despreciable, un obstáculo para afianzar el optimismo. La vacunación lleva a la ministra Reyes Maroto a abrir el negociado de las vacaciones y a pedir a los españoles que pongan en marcha sus planes. La llamada a la felicidad turística nos puede resultar extraña e incluso bordeando el atrevimiento, pero es que en algún momento tiene que acabar lo que empezó.

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