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REflexión

Esto de ahora, que viene de antes

Esto de ahora, la crispación y el odio, no fue de pronto: para llegar hasta aquí hemos recorrido juntos varias estaciones. La primera fue dejar que se banalizasen las palabras, porque todas las batallas empiezan por el mismo sitio, que es el diccionario. Poco a poco, a las palabras les fueron quitando su valor y su peso, que es algo que tenían antes, cuando no se empleaban de cualquier manera ni las paseaban en frases inermes. De aquellas, todavía no se llamaba fascista a todo el mundo porque fascista era una palabra densa y pesada que luego quisieron dejar huera, para que cuando pudiera usarse con razón ya apenas significara algo. Pasó con las palabras lo mismo que con las metáforas –que si la dictadura, que si Venezuela, que si ETA…– para que, al fin, nos hayan robado los significados: el resultado de que se simplifique la lengua es que se acabe simplificando el pensamiento.

Después de que se banalizara el diccionario se normalizó el ruido, y se tomó como habitual que algunos políticos hablasen a los gritos. La sociedad asumió que la crispación, que solía ir por olas, esta vez se estableciera; que la polarización volviese las ideas en trincheras y que el odio que menudeaba en las redes fuera saltando, tuit a tuit, a las instituciones. No es la primera ocasión ni la más asfixiante en décadas, pero este parece el momento en que más se extiende la degradación y, en lugar de protestar por lo que nos pertenecía, nuestra reacción mayoritaria fue alejarnos de la política.

Es una generalización, claro, pero esa fue otra de las cosas que nos sucedió: que nos atropellaron las generalizaciones y caló aquello de que todos los políticos eran lo mismo, que todos los partidos lo eran, que eran lo mismo todos los periodistas o incluso que era periodista cualquiera que salía en la tele. No eran todos iguales ni lo son y hemos llegado al punto en que conviene mentar lo obvio.

El clima, en fin, es tóxico y lo hemos visto degradarse a diario. Eso fue lo que pasó y lo que dejamos que pasara, hasta que nos ha caído encima la pregunta sobre qué nos pasa y cómo hemos llegado a que nos pase, cuando la convivencia del país resiste pese a que algunos signos inviten a que, sin alarmismos, tomemos en serio los riesgos: damos la bronca por normal; asistimos a una política enconada de bloques, hecha de emociones en lugar de ideologías; se ha frivolizado con las palabras y la ultraderecha –a la que el PP y Ciudadanos naturalizaron con acuerdos y fotografías compartidas– marca la agenda, descalifica, revienta debates y duda de las amenazas de muerte que la izquierda ha denunciado. En el caso de Reyes Maroto, posando con la imagen de la navaja.

Para llegar hasta aquí ha hecho falta también que el debate se lo llevaran las identidades en vez de las políticas sociales, que se llenasen las calles de banderas, que hubiera partidos interesados en dar foco a Vox porque así movilizaban a su electorado. Hizo falta repetir las elecciones para que Abascal multiplicara sus diputados y hace falta que, en vista del clima, nadie pueda imaginar a los partidos llegando a los consensos más básicos si están al borde de dejar de reconocerse como adversarios. Será imposible entonces que discutan sobre el cordón sanitario a los ultras que aplican en países vecinos.

Aquí lo que han tendido son cordones entre bloques y al final de tanta vuelta con la nueva política y tanta aritmética, el escenario ha quedado partido en dos mitades para que la gente se ponga a uno de los lados. O de lado. Un arco bien simple, ya se ve, porque simplificar el lenguaje solo era la primera estación.

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