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Alfonso González Jerez

Las medallas de Torres

La crónica de los Premios Canarias y de las Medallas de Oro de la Comunidad autonómica es más bien penosa y, en los últimos años, incluso ligeramente espeluznante. Los premios, que son la pieza mayor, están dotados económicamente, y los deciden unos jurados casi inamovibles, una especie de aristocracia invisible que va cagando esplendores ahí por donde pasa. Por supuesto, los designa el Gobierno, que quizás no sepa a quién distinguir, pero que se asegura así cierto control sobre los que lo deciden. Algunos presidentes han sabido susurrar a los oídos de los jurados como si fueran caballos y luego, obviamente, están las amistades, fobias, intereses y compadreos de los miembros del tribunal y sus celestes enjuagues. Podría haberse intentado otra cosa. Por ejemplo que un conjunto de agentes de la sociedad civil (universidades, academias, colegios profesionales, fundaciones) seleccionase sistemáticamente a los jurados bajo varias condiciones, la primera, que no repitieran jamás.

Lo de la Medalla de Oro –que no incluye, porca miseria, ningún detalle pecuniario – ha resultado todavía peor. La deciden los presidentes en persona y tienden inevitablemente a la metodología de la ocurrencia. Recuerdo entre tantas toletadas la medalla endosada a Goya Toledo en el último año del mandato de Adán Martín. La discreta actriz no tenía todavía cuarenta años y su carrera posterior ha sido, para emplear una expresión elegante, muy limitada. El mecanismo subyacente en este caso -- se ha repetido varias veces – consiste en premiar a un famoso para que distinga fugazmente al Gobierno con su luz de neón. En otras ocasiones – y no sé si no es peor – la Medalla de Oro ha sido utilizada como consuelo de señoras y señores cuyo acceso al Premio Canarias había sido bloqueado por la ignorancia culposa o las mezquinas maquinaciones de los gigantes y cabezudos del tribunal. Por ejemplo, la Medalla de Oro concedida al novelista Juan Jesús Armas Marcelo, amplio merecedor del Canarias, pero con los suficientes enemigos jurados como para olvidarse por toda la eternidad del máxima reconocimiento institucional. Ciertamente las singularidades del Premio Canarias de Literatura merecerían una atención especial para intentar comprender como Cecilia Domínguez ha sido merecedora de los laureles y figuras excepcionales como Eugenio Padorno o Lázaro Santana –al borde o cumplidos ya los ochenta años -- ni están ni se les espera.

Este año, por ejemplo, a don Ángel Víctor Torres se le ha ocurrido la paparruchada de conceder la Medalla de Oro a una serie de televisión, Hierro, producción audiovisual hispano-francesa que se quedará en dos temporadas y cuyos protagonistas principales, por supuesto, no son canarios. Recuerdo que en House of Cards se menciona fugazmente a nuestras ínsulas baratarias en un episodio; a mí me haría mucha ilusión que le otorgaran a Kevin Spacey el Premio Canarias de Bellas Artes e Interpretación, aunque me temo que Podemos, organización enemiga del género humano, lo impediría con argumentos fraudulentamente moralistas. Para acentuar el esperpento, japa la japa que viene el día, Torres ha decidido, igualmente, entregar la Medalla de Oro de Canarias al Servicio Canario de Salud, organismo autónomo adscrito a la Consejería de Sanidad del Gobierno autonómico. Es decir, el jefe del Gobierno ha decidido conceder la Medalla de Oro de Canarias a su Gobierno. Puestas así las cosas no cabe descartar que cuando alcancemos, gracias a los salvíficos fondos europeos, que el desempleo baje de nuevo al 20% de la población activa, Torres dispense la Medalla de Oro de Canarias al Servicio Canario de Empleo. No me quisiera perder el discurso de agradecimiento de Elena Máñez, siempre clara, sincera, rigurosa, contundente.

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