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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

¿Democratizar el lenguaje?

Creo haber mencionado en alguna ocasión el grupo de amigos que solemos reunirnos compartiendo mesa y mantel cada semana, así como las cualificaciones profesionales y académicas que concurren en la mayoría de sus miembros. Pero el otro día tuve oportunidad de comprobar hasta qué punto dichos méritos son reflejados en sus títulos. Tras haber tenido la petulancia de presumir de uno de mis modestos logros en el campo de mi profesión, y la correspondiente apostilla que dicho mérito me permitía adjuntar a mi nombre en mi tarjeta de visita, el derecho de réplica, “por alusiones”, procedió a ponerme en mi sitio: resultó que por lo menos la mitad de mis amigos podían alardear del título “honorabilísimo”, “ilustrísimo” o “excelentísimo”. Incluso algún excelentísimo lo era por partida doble. (Por cierto es extraño que la RAE, tan aficionada últimamente a sacarse de la manga nuevos neologismos, no se haya atrevido con este “excelentísimo” al cuadrado: ¿”biexcelentísimo” tal vez?) Pero si algo reforzaba el mérito de dichos adornos honoríficos era la absoluta discreción, casi el secretismo con que ostentaban dichas titulaciones. En los veintitantos años que llevamos reuniéndonos ni se había abordado el tema ni se había considerado que mereciera la pena sacar a la luz dichas cualificaciones.

Lo que me lleva a reflexionar sobre la tendencia actual, y en general encomiable, de ir prescindiendo de formalismos y prosopopeyas. ¿Verdad que ya pocos se acuerdan de las instancias que rellenábamos antaño, que obligadamente concluían con “...y rogándole tenga a bien atender esta solicitud, saluda a V.I. cuya vida guarde Dios muchos años...”?

Quisiera creer que es esta una tendencia generalizada. Permítaseme citar a Suecia, mi país, quizás donde más lejos se haya llegado en este sentido. Hace ya más de veinte años que el tuteo se ha impuesto arrolladoramente, saltándose edades, rangos, etnias o títulos tanto civiles como eclesiásticos. Empero aún me cuesta asimilar que una dependienta pueda tutear a su cliente, o que cualquier periodista tutee al ministro de turno que está entrevistando. Estamos a punto de tutear a su majestad el rey (que por cierto, como en el caso de España, sí tutea mayestáticamente a todos sus súbditos).

En países como el Reino Unido donde el idioma tiene un “you” que no diferencia el tú del usted, la informalidad viene más rodada. Si bien genera un lógico problema a la hora de doblar al español las películas en inglés. Según me ilustra un conocedor del tema, en el ejemplo de un doblaje de un idilio que vaya floreciendo a lo largo del film, el criterio es pasar del “you” usted al “you” tú después del primer beso.

En Francia por el contrario la resistencia del usted es numantina. Los franceses tienen por supuesto una palabra para el tuteo: “tutoyer”. Pero a diferencia del español tienen también un verbo para el uso del “vous”: la palabra “vouvoyer”, literalmente “ustedear”. Teniendo en cuenta que hasta no hace mucho todavía se ustedeaban entre padres e hijos, la cosa no pinta nada bien, por lo menos a corto y medio plazo.

Y ya puestos a meternos con las costumbres francesas, a ver si las lecciones de la pandemia les animan a mitigar otro de sus mantras sociales más irreductibles: el constante apretón de manos a todas horas, tan obsesivo y cansino como manifiestamente antihigiénico.

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