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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

El silencio de Collins

Hay gente que pisa la Luna. Se lo proponen y lo consiguen y después de canalladas y miserias interminables proclaman su humildad desde el cráter Tycho. No sé si pisan la luna y se convierten consecuentemente en lunáticos o porque eran lunáticos pudieron encaramarse hasta el satélite, pero llegan, compañeros. Están obsesionados por alcanzar la tierra prometida y clavar una bandera. La suya. Por supuesto, no llegan por intereses crasamente personales. Como llegar a la Luna por casualidad suena un poco excesivo hablan de destino, de servicio, de curiosidad, de una propuesta que les provocó una gran curiosidad intelectual y comovasadechirqueno. A los que llegan a la Luna, créanme, nunca le faltan palabras. Esto es un paso pequeño para un hombre, pero un gran paso para la Humanidad, y para mí es la leche.

Yo siempre preferí a Michael Collins, que acaba de morir a los 90 años, el astronauta del Apolo XI que no pisó la Luna. Si tienen más de cuarenta años, seguro que lo saben: Collins se quedó en el módulo de mando, el Columbia, mientras Neil Armstrong y Buzz Aldrin alunizaban, pegaban saltitos cojeantes, recogían muestras, se sacaban fotos para los libros de Historia y tomaban mediciones. Collins se quedó allá arriba, orbitando alrededor del helado y fúlgido peñasco. Estoy seguro de que algunos lo pueden y saben entender. Durante varias horas Collins fue el hombre más solitario del Universo porque se quedó incomunicado mientras orbitaba sobre la cara oculta de la Luna, sin señal de radio, en absoluta oscuridad, un pequeño hombrecillo encerrado en algo parecido en un frágil cilindro. Silencio.

Es absurdo –se ha contado en varios libros y muchos artículos – suponer que Armstrong y Aldrin no conspiraron para ser los elegidos. Por supuesto que lo hicieron, aunque la decisión final se tomó desde la evidencia de los datos personales y técnicos y la experiencia acumulada por los astronautas. Armstrong fue particularmente proactivo, liante y picajoso. Argumentó su racionalidad feroz, sus reflejos y su sangre fría para comandar la misión. Exactamente las cualidades que necesitaba Collins, por cierto, para dirigir el módulo de mando durante la ausencia de sus compañeros. Lo más repugnante de Armstrong es esa taimada avaricia de gloria y mangoneo después de años de peloteo y enjuagues con sus superiores, en las fuerzas aéreas y en la Nasa. Armstrong era incansable, estaba en todas partes, multiplicaba su cháchara al servicio de quien hiciera falta, se ofrecía para cualquier misión. “Si a la mujer de un jefe se le hubiera caído el gato en una fosa séptica llena de mierda”, dijo una vez un compañero de armas, “Armstrong se hubiera tirado de cabeza para salvar al animalito”. “Eso sí”, insistió, “era capaz de jurar después de que no nunca había conocido ni a la mujer ni al gato apestando a litros de old spice”.

Collins se limitó a cumplir con su trabajo. Era un hombre que valoraba el silencio, que aprendió del silencio más allá de la Luna, y que sabía que el silencio, que es el principio y el final de cualquier música, no era una forma de cobardía; a veces es la única opción ética. Cumplió con su curro espléndidamente sin convertirse en un lunático despreciable y volvió a la fuerza aérea mientras sus colegas brindaban conferencias, escribían chorradas nunca inocentes, vendían su imagen a patrocinadores, salían por televisión como una lepra heroica. En ese silencio multiplicó su vida con un pequeño grupo de amigos, con su equipo de béisbol al que seguía por todo el país, con la afición por la orfebrería y las caminatas bajo las estrellas, con un loco y feliz despilfarro de amor hacia sus hijas y sus nietos. Un día enfermó de gravedad y todavía se maravillaba por lo rápido que pasaba el tiempo cuando la muerte lo alcanzó y lo llevó a las estrellas.

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