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En esta columna habrá muchos nombres, pero sólo se recordará uno, el tuyo. Como otros tantos, te has ido antes de tiempo, un sacrificio que nadie entiende. El juicio común en tu despedida fue el de una buena persona, un ser entregado a su profesión y a sus chicos. Decía Nietzsche, el filósofo del bigotón, que el que niega la vida es el que “no tiene una meta, el que no sabe el porqué”. Tú sí que lo sabías, puesto que, desde muy joven, y todavía lo eras al fallecer, conocías perfectamente cuál era tu lugar en el mundo, aunque el destino te tuviera reservada una mala jugada en forma de vacuna. Son esas cosas que, por un sí o por un no, te ponen frente a la dura realidad. Y también escribió Azorín que el carácter castellano es especial, y que, en los ojos de los nacidos en las áridas tierras de secano y poco antes de morir, hay como “un fulgor de eternidad”. Cuánta razón llevaba el autor de Castilla y qué pena que lo tengamos que saber de la peor manera. Has partido a las dos semanas exactas del supuesto pinchazo salvífico, puesto que fue un Jueves Santo cuando recibías la fórmula de AstraZeneca y, ya entonces, sin que tuvieras conciencia de ello, la fuerza del destino comenzaba a tejer su letal designio. En tu funeral, los compañeros dijeron que aquel día te mostraste contento por cumplir con la sociedad. Nada hacía presagiar lo que luego aconteció. Primero, los persistentes dolores de cabeza; más adelante, el ingreso hospitalario y, sólo después, lo que Jardiel Poncela calificaba como “el arte de acompañar con palabras griegas al sepulcro”, en clara referencia a los tromboembolismos en los senos venosos. Pronto comprendimos que los profesores, como casi siempre, para qué nos vamos a engañar, somos los elegidos para poner a prueba las solicitudes de los de más arriba, de esos que se ufanan en el gobierno de las personas. Por apenas unas fechas de almanaque -qué cruel es el azar- no te salvaste. Ahora se dedica la AstraZeneca que te quitó la vida a un grupo de edad diferente y, por supuesto, se sigue afirmando que es “segura y efectiva”. Contigo lo fue, y tanto que lo fue, pero a la inversa. Dicen que hay que confiar en la madre ciencia, que lo de los “eventos trombóticos” es una posibilidad ínfima, porque insisten los sabios, como los sacerdotes de antes, que la fórmula anglosueca traerá el ansiado maná en forma de inmunidad de grupo. Y, a la fuerza, vuelvo al pensador alemán de la alegría de la vida, y me sorprendo de que, justo en estos momentos, se busque lo que él despreciaba, el culto a la moral de rebaño. El pasado lunes, 12 abril, fallecía en el Hospital Virgen de la Salud de Castilla - La Mancha, a causa de un accidente cerebrovascular severo provocado por un trombo, Mario Prieto, profesor que fuera del IES Universidad Laboral de Toledo, con treinta años recién cumplidos. En su pueblo, Almodóvar del Campo (Ciudad Real), los vecinos airados no paran de repetir: “Ya ha muerto más gente en el pueblo por la vacuna que por el coronavirus”.

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