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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Milagro

Tras los milagros siempre se oculta el terror. Los que presenciaron la resurrección de Lázaro (“levántate y anda”, como se ordenaría a un adolescente gandul) quedaron aterrorizados para el resto de sus vidas: el rostro lívido, la mirada perdida, la boca torcida por el miedo del propio resucitado. El milagro es una ruptura drástica y no pronosticable de la normalidad: una amenaza bajo la máscara de una bienaventuranza. Los milagros pueden salvar una vida, pero a menudo es a cambio de destrozarla. Por eso generan pánico, y el pánico tiene su propia lógica, al margen de todos los procesos establecidos. Porque los milagros son, además, ingobernables. Para que emerja un héroe caballeresco debe precederle un dragón que beba la sangre de los niños de aldeas aterrorizadas. Huizinga, en su inmortal Otoño de la Edad Media se refiere al cartel que fue clavado en las puertas de una pequeña iglesia francesa: “Señor y Dios Nuestro, le rogamos a tu infinita misericordia que no nos envíes más milagros ni portentos”. También están los milagros que no son, porque ningún milagro, ni los más sorprendentes, lo es del todo. El milagro alemán después de la II Guerra Mundial. El milagro japonés en el primer tercio del siglo XX. Básicamente consistieron en romperse la espalda para recuperar la economía y la convivencia social después de una guerra atroz o de siglos de crueles luchas civiles. No hay ningún milagro, sino sudor y sacrificio, dolor y agotamiento, un combate extenuante para no ser arrasados definitivamente por los ríos de la Historia.

El presidente Ángel Víctor Torres, ungido en la última reunión del comité ejecutivo del PSOE, habló imprudentemente de la admiración que provoca en Europa “el milagro canario”. Estaría muy bien que el señor Torres precisara los gobiernos, los dirigentes o los pueblos del continente europeo que consideran que un país con la economía arrasada, más de un 25% de desempleo y 90.000 trabajadores insertos en ERTE es un milagro. Me basta asomarme a la ventana para contemplar cada noche a un cuarentón de camiseta raída hurgando en los contenedores de basura. La Cruz Roja, los bancos de alimentos y otras ONG explican que sus recursos están al límite. Un país con casi 300.000 parados no es un milagro. Ni siquiera un golpe de suerte. Un país con otras 90.000 personas agarradas a un ERTE cobrando tarde y mal un 30% menos de su sueldo de hace un año, de hace seis meses, solo puede llamarse una catástrofe que si se prolonga amenaza seriamente a la cohesión social y territorial de las islas, presidente.

Es una obscenidad insoportable lanzar semejante riquirraca cuando este país está desquebrajándose y las ayudas públicas no acaban de llegar ni a los particulares ni al tejido productivo. Lo más alarmante no es la jacarandosa ignorancia de la realidad, sino el desprecio militante hacia la misma. Como si la realidad, pobre tarada, no se entendiera a sí misma, y el presidente le reprochara ser tan obtusa, tan boba, tan pesimista. Torres ha sido un político razonable y pragmático durante su carrera pública, pero como suele ocurrir a los presidentes, ha encontrado en su despacho un espejo que solo le susurra lindezas. ¿No hay nadie alrededor del presidente del Gobierno? Además de hablar por teléfono, desayunar tres veces diarias y encontrarle definitivamente histórico y guapetón, ¿qué hacen sus colaboradores más cercanos? Un presidente es como un globo lleno de helio: su tendencia es siempre ascendente, majestuosa, celestial. Entre las tareas de sus colaboradores está tirar del globo para mantenerlo pegado a la tierra. Por lo que parece, en este caso, se dedican a hinchar el globo aún más, tal vez para que se quede allá arriba y puedan disfrutar de un cuarto desayuno cada mañana. Ellos son, en sí mismos, otro portentoso milagro.

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