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Desirée González Concepción

Pequeñas islas y grandes libros

Había una vez un país no muy lejano donde sus habitantes habían abandonado el bello placer de leer. Ese país, como tantos otros, estaba siendo asolado por una terrible pandemia y sus pobladores apenas podían viajar. Sin embargo, cada noche se trasladaban a unas islas paradisiacas donde unos “personajes” actuaban según un guión establecido: la isla de las tentaciones, la isla de los supervivientes o del pirata Morgan,... Había barcos encallados, playas espectaculares, cocoteros y hasta alguna tarántula. Pero todo resultaba demasiado irreal, demasiado frívolo. No obstante, millones de personas cada día se sumergían en la isla y devoraban unos diálogos vacíos para evadirse y a la vez “estar en la onda”. A la mañana siguiente, adolescentes y adultos dominaban el tema estrella lo suficiente como para poder relacionarse con sus iguales. En el olvido quedaron unas islas repletas de enigmas y fantasía: La isla del tesoro, La isla misteriosa o La isla del Dr. Moreau. Apenas unos pocos se acercaban a conocerlas y algunos de ellos salían despavoridos porque era necesario realizar un enorme esfuerzo de imaginación para pasar al siguiente capítulo.

A lo largo del año 2020 España registró un importante crecimiento en sus niveles de lectura debido al confinamiento. Con la llegada de la nueva normalidad, la población vuelve a despistarse inclinando sus intereses de ocio hacia actividades algo más superfluas. En diciembre del pasado año, el Ministerio de Cultura y Deporte lanza la campaña “Leer protege tu mente”, ofreciendo varios spots de animación para concienciar sobre la importancia de la lectura. Nadie pone en duda sus innumerables beneficios: estimula la concentración, la creatividad y la empatía, agudiza la astucia, previene la degeneración cognitiva, facilita la expresión oral y escrita, favorece el aprendizaje de nuevos contenidos,... Sin embargo, hoy me quedo con una frase célebre de Santa Teresa de Jesús, monja del S.XVI y mujer adelantada para su época: “Lee y conducirás, no leas y serás conducido”. Efectivamente, pienso que la lectura nos ofrece la posibilidad de transformarnos, además fomenta en nosotros ese pensamiento crítico tan necesario en nuestra sociedad. La lectura nos regala libertad. Libertad para construir opiniones sobre cualquier tema, libertad para pensar diferente al resto del “rebaño”. La lectura nos proporciona también inspiración e ingenio para adaptarnos mejor a diversas situaciones convirtiéndonos en personas más resilientes.

Como siempre me remito a la infancia y no estaría de más realizar una comparativa con generaciones pasadas en cuanto al hábito lector. Sin duda, décadas atrás, leíamos por obligación, muchas veces por placer y porque además no había mucho más que hacer. En la actualidad, los niños tienen demasiados estímulos tecnológicos y la lectura no se encuentra entre sus hobbis preferidos. La lectura invita a la serenidad y al silencio, objetivo totalmente opuesto al que persiguen los videojuegos, los móviles y las redes sociales. Como consecuencia, es difícil que el niño se mantenga frente al libro más allá de unos minutos; el libro no se mueve, no suena, no emite destellos… Y como siempre me pregunto, ¿cómo actúan las familias ante tal realidad? “Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás. Es la única manera”, decía Albert Einstein. Ciertamente, el niño observa todo el tiempo a sus padres y los pequeños son testigos de la incongruencia. Mientras los adultos sugieren a los niños que lean, ellos permanecen hipnotizados frente a sus móviles y aplaudiendo a los protagonistas de las “islas”. Por ello, este verano al elegir las vacaciones familiares, propongo visitar menos islas de famosos en pro de recuperar las entrañables historias que la literatura nos obsequia. Si podemos embarcarnos en la aventura juntos… mucho mejor.

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